POV Aura (continuación):
Me encerré en aquella habitación todavía temblando, sintiendo que todo lo que creía seguro se desmoronaba como un castillo de naipes. La respiración me ardía, las lágrimas me escocían en las mejillas, y mi mejilla… mi mejilla aún latía por la bofetada. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo podía ser que aquel hombre al que le juré amor eterno… me hiciera daño? ¿Cómo ha sido capaz ahora de haber dado su primera cara de hombre violento justo cuando recién nos hemos casado?
Me senté en el borde de la cama, sin quitarme el abrigo, sin siquiera mirar alrededor, esta noche, solamente quería dormir aquí, si es que podría hacerlo, de lo contrario, lo único que haría sería quedarme llorando toda la noche.
No me importaba si la habitación estaba decorada con gusto o si las sábanas eran suaves. Solo podía pensar en el miedo, en la decepción que me ha causado conocer la verdadera identidad del amor de mi vida.
Ese miedo nuevo que me había calado los huesos, uno que jamás sentí estando con Eduardo hasta ahora porque él jamás se había comportado así.
Apoyé la frente sobre mis manos, tratando de recuperar el aliento, pensando en lo que ha pasado, definiendo una pronta decisión para salvarme de una vida de golpes y maltratos de la que no habría marcha atrás, y entonces, recordé nuestra boda… la iglesia, la emoción en sus ojos, cómo me dijo que me amaba, cómo me prometió que me protegería. ¿Era todo mentira? ¿O simplemente algo se había roto en él?
¿Se habrá casado conmigo únicamente por interés y no sentía nada de amor hacia mí?
¡No podía evitar dejar de pensar en esa probabilidad!
Escuché sus pasos al otro lado de la puerta. Eran lentos, vacilantes. Se detuvieron frente a la habitación donde yo me había refugiado. Por un instante pensé que llamaría, que pediría perdón. Pero no. Solo se quedó allí, en silencio, como si también tuviera miedo de lo que acababa de hacer.
—Aura… —dijo finalmente, su voz apenas un susurro tras la puerta—. Lo siento. No quise… no quise hacerte daño. Por favor, perdóname, no supe contenerme.
No contesté. No podía. No quería. Me limité a abrazarme a mí misma, sintiendo cómo las palabras ya no bastaban, cómo el “lo siento” se quedaba corto ante una violencia que jamás debió ocurrir. ¿Creía que con un simple “lo siento” bastaría para solucionar nuestros problemas?
Minutos después, escuché cómo sus pasos se alejaban, cómo el sonido del salón volvía a llenarse de su presencia… y yo seguía allí, sola, con la única certeza de que aquella noche no era como la había soñado. Mi primera noche como esposa había terminado en una pesadilla.
Y lo peor era que no sabía qué iba a hacer ahora. ¿Irme? ¿Quedarme? ¿Confiar en que había sido solo un arranque o protegerme por si había sido la primera de muchas?
Las lágrimas siguieron cayendo. Porque en el fondo… yo aún le quería. Pero me quería más a mí.
Desperté a la media noche, y me llevé la sorpresa de que ha estado lloviendo durante toda la noche, las gotas de lluvia no dejaban de caer sobre la ventana de la habitación donde estaba, y estaba haciendo frío, pues la verdad, he estado durmiendo todo ese tiempo sin cobija, ni siquiera me he tomado la molestia de cambiarme de ropa ni de ponerme la cobija de la cama encima. Fue como si de repente, de tanto haber estado llorando, terminé quedándome dormida de forma inconsciente.
Desperté por qué sentí mi estómago rugir de hambre, y ¿Cómo no lo haría? Si llevaba un buen par de horas sin comer nada desde que llegamos al apartamento. Decidí salir de la habitación, tratando de no hacer ruido alguno para no despertar a Eduardo y tener que aguantarlo de cerca con sus estúpidas excusas de por qué se ha comportado de esa manera conmigo.
Me fui a la cocina, preparé un té n***o caliente, en silencio. Todavía sintiéndome absolutamente decepcionada, sentía mi corazón partido en mil pedacitos en mi interior, sin hallar la manera perfecta de cómo arreglarse pronto.
Quería seguir llorando, pero sentí que ya era más que suficiente para mí hacerlo, ya me ardían los ojos, la cara la siento hinchada y no quería que, en cualquier momento, Eduardo apareciera y me viera en estas condiciones.
Preparé un sándwich de jamón y queso y lo acompañé con mi té, recordé que tenía a Marie, a mi mejor amiga, quería hablar con ella, pero sabía que sería en vano porque, últimamente, Marie estaba demasiado ocupada, estaba ausente, ya ni siquiera se comportaba como mi mejor amiga desde el día que me casé. Incluso, desde días antes, ella ya ha estado comportándose de esa manera tan extraña.
Me preguntaba a mí misma, ¿Debía de llamar a mi madre para que aconsejara qué debía hacer y me ayudará a resolver este problema? ¡No, ni que estuviera loca! Mi madre seguramente me obligaría a divorciarme, a demandar a Eduardo por agresiones físicas y lo más seguro es que hasta su reputación en nuestro círculo social terminaría siendo una completa basura, y por un pequeño problema como este, yo no iba a arruinarle la vida para siempre.
Además, lo amaba.
Quería perdonarlo, más no estaba segura de hacerlo ya en cuanto lo viera a la cara.
Termino de comer, y organizo la cocina, luego de allí me voy a la que es nuestra habitación, y vaya sorpresa la que me he llevado, Eduardo no estaba allí, solamente ha dejado cerrada la puerta de la habitación para darme a entender que estaba dormido para cuando en realidad no estaba en casa.
Supe que no estaba en casa porque nuestro apartamento no era extremadamente grande, de hecho, además de las dos habitaciones, la sala, el comedor y el bar, teníamos un cuarto pequeño organizado únicamente para estudio, era nuestro lugar de trabajo, aunque yo no trabajaba mucho, igual quería mi espacio para mis trabajos, y Eduardo si lo usaría más porque su trabajo sí era mucho más pesado que el mío.
Fue a buscarlo a ese sitio, y tampoco estaba.
Qué extraño. ¿A dónde se habrá ido? Seguramente, salió por una cerveza, quería distraerse antes de arruinarme más la poca paz que tenía.
Suspiré, me fui a dar un baño de agua caliente, luego me puse la pijama, un simple short y una blusa, me puse mis pantuflas, tomé mi celular de mi bolso que todo este tiempo permaneció ahí y me fui a la habitación de invitados para seguir durmiendo. Aunque el sueño se me ha ido debido al té n***o que me tomé hace rato y la verdad era demasiado tarde en la noche como para ponerme a llamar a alguna de mis amigas y tener con quién desahogarme.