POV Aura.
Mi esposo y yo aterrizamos en Nueva York a eso de las 8:00 de la noche.
Llegamos exhaustos, ha sido un viaje muy largo y pesado, y aunque el vuelo relativamente estuvo perfecto, porque las sillas del avión fueron muy cómodas, la atención fue de lo más formal y amable y la comida durante el vuelo fue estupenda, no quería decir que Eduardo y yo no llegáramos agotados a nuestra casa.
Casa.
Qué raro se sentía llegar a una casa que era completamente nueva para ti, y más para cuando llegabas al lado de la persona que más amas en este mundo. Nuestra luna de miel fue perfecta, fue romántica en todo el sentido de la palabra. Durante el camino de regreso, fue muy extraño, porque Eduardo no quiso hablarme para nada, ni siquiera se había atrevido a mirarme a los ojos para cuando yo sí lo hacía.
Eduardo me evitaba, no quería darme la mano, no quería besarme, y si a lo último correspondía mis besos, lo hacía de mala gana, como si de un momento a otro, de estos ya no los disfrutara. Por un instante, me sentí con el corazón roto, quise preguntarle qué pasaba, porque en la luna de miel se había comportado como un caballero, inclusive para cuando habíamos estado juntos en la cama, en nuestra noche de boda, él fue todo un caballero, compró vino, mandó a traer servicio a la habitación desde el restaurante del hotel, pidió mi comida favorita esa noche, y nuestro postre favorito…
De hecho, todo fue perfecto durante nuestro viaje, pero ahora, ¿Por qué mierda había cambiado tanto? Me costaba mucho hacerme esta pregunta, además de otra que no dejaba de vagar por mi mente, ¿Qué mierda he hecho yo para que él haya cambiado así conmigo? ¿Será nada más un disgusto de un día? ¿Se tratará de algo que hicimos en la luna de miel que no le gustó? ¿Acaso se estaba arrepintiendo de su decisión de casarse conmigo?
Finalmente, llegamos a casa.
Un lujoso apartamento ubicado en la parte central de la ciudad, en uno de los mejores pisos donde lo pudimos haber encontrado para comprarlo, fue quien nos recibió con los brazos abiertos, esperando nuestra llegada. Sonreí cuando vi que todo estaba listo para nosotros, los muebles nuevos que compramos un mes antes ya estaban en la sala, la televisión estaba instalada, la cocina era perfecta, grande, espaciosa, elegante como el resto del apartamento.
Incluso, hasta teníamos un bar donde se ubicaba una pequeña zona social para cuando tuviéramos nuestras fiestas. Pero lo que yo más anhelaba ver era nuestra habitación, porque aunque la conocí vacía, mi madre se tomó la tarea de decorarla a nuestro gusto mientras que nosotros estuviéramos de viaje de luna de miel.
— Bienvenida a tu nuevo hogar — dijo Eduardo al cerrar la puerta de nuestro apartamento cuando entró con nuestras maletas. Cuando lo escuché, se percibió como si él realmente estuviese de muy mal humor y no quisiera estar allí, o bueno, quién sabe si no quisiera estar allí conmigo.
Traté de sonreír, pero no pude.
Tragué saliva, estaba nerviosa, pero necesitaba decirlo.
Eduardo ni siquiera se había preocupado por cargarme y entrar a nuestra casa conmigo cargada en sus brazos. Evidentemente, esa acción de su parte me entristeció. No quería, pero lo mejor que podía hacer ahora era confrontarlo porque no pretendía iniciar mis primeros días de matrimonio al lado del hombre de mi vida con él, actuando de esa manera tan distante.
— ¿Eduardo? ¿Qué demonios te pasa? Desde que salimos del hotel has estado actuando muy extraño, ni siquiera has querido tratarme con amor… No me das besos, no me tomas de la mano, no me hablaste en todo el camino. Me hiciste sentir como si fuera completamente invisible para ti. Es más, ni siquiera te acordaste de que la tradición de recién casados dicta que tú debías de haber entrado conmigo cargada entre tus brazos a casa. No lo hiciste, no sé qué te pasa, que has estado actuando demasiado extraño conmigo desde que supiste de nuestro regreso a Nueva York. ¿Estás bien? ¿Quieres hablar conmigo de algo? — finalmente lo dije, sintiendo que los nervios me recorrían cada extremo del cuerpo, me era inevitable sentirme así, jamás me había sucedido, puesto que se suponía que Eduardo y yo nos teníamos la suficiente confianza para hacerlo, para hablar de lo que fuera sin sentir miedo, pero ahora que estábamos casados, se sentía diferente, y tal vez, era por esa razón.
Al escucharme hablar, Eduardo volteó a mirarme, y sus ojos fueron muy penetrantes, y pude sentir que, en realidad, a él no le gustó para nada que yo me hubiera tomado la molestia de preguntar acerca de su cambio de actitud, porque de la seriedad pasó al enojo, y pude notar como su mano izquierda se formó en un puño. Por un instante, sentí un increíble terror recorrer por mi cuerpo, e instintivamente, tuve que retroceder, lo hice disimuladamente, porque realmente me ha dado miedo estar cerca de él a pesar de ser mi esposo.
— ¿Quién te crees que eres para cuestionarme de esa forma? ¿Qué demonios te pasa a ti? ¿Te has vuelto loca? — él contestó con seriedad, cerrando con mucha más fuerza su puño y viéndome con ojos mucho más enojados que los de antes.
— Nada, solo quiero saber qué te pasa a ti, porque has estado actuando tan extraño desde que salimos de Japón… ¿Qué hice mal para que te pusieras así?
Pero entonces, esa última pregunta fue la que detonó nuestros problemas.
Poom.
Una maldita cachetada golpeó mi cara.
El dolor fue horrible, y aquella cachetada fue tan fuerte que, prácticamente, me mandó al suelo.
Yo no podía creer que eso estaba sucediendo, quería huir de allí, más no podía hacerlo. Era la primera vez que él me golpeaba así, de hecho, jamás se había demostrado ser tan violento, nunca se había enojado tanto conmigo por cualquier cosa, ni por la más mínima que fuera, él siempre demostró ser un hombre tranquilo.
Eduardo parece haber reconocido su error, pues inmediatamente, cuando me vio tirada en el suelo, llorando y con ojos de dolor, tristeza y decepción, fue allí cuando se arrepintió de lo que hizo, él trató de ayudarme a levantar, pero yo me negué, me puse de pie rápidamente, y me marché corriendo de allí a encerrarme en la habitación de invitados que teníamos adicional en nuestro apartamento.
En ese momento, no quería verlo, no quería nada que ver con él. No entiendo en qué momento fue que cambió tan drásticamente, ¿Acaso habrá sido por el hecho de habernos casado? ¿Se habrá arrepentido de eso y yo solo era un estorbo en su vida?