El sol de la tarde bañaba la gran mansión de Dante y Noah con una luz dorada y cálida, un preludio perfecto para el gran final de esta historia. Los años habían pasado volando, las vivencias, risas, algunos sustos, y sobre todo, un amor inquebrantable que unía a esta familia extendida. Las risas de los gemelos, ahora de diez años, resonaban en el jardín mientras jugaban con los quintillizos: Danna, Danny, Noé, Noadan y Donabe, quienes a su vez, con sus 17 años, se habían convertido en una especie de hermanos mayores protectores y confidentes. Noah observaba la escena desde el porche, una sonrisa serena en su rostro. Había encontrado su lugar en este torbellino familiar, ya no solo como el tío o el padre divertido, sino como un pilar de apoyo y un ejemplo de calma. Su humor seguía siend
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