Capítulo 9: En el baño con mi primo
El mostró su sonrisa descarada a la que ya había tomado costumbre. Temblé, tenía que convencerme de que mi cuerpo estaba lleno de hormonas locas y que esto que sentía; una completa calentura, fuera solo hormonas de momento, no por mi primo.
Eso era indebido.
–No quería entrar a la clase –se encogió de hombros–. Me cae mal ese profesor.
Esto seguramente era algo típico de los chicos como Sebastian.
Saltándose clases sin que nada le importe.
–¿Qué haces tú aquí? –continuó diciendo.
–Pues es el baño de chicas por si no te has dado cuenta, ¿qué carajos haces tú aquí? Salte. –volví a emprender camino hacia los taburetes pero Sebastian me siguió tomandome del brazo.
–Te acompaño.
Rodé los ojos y lo miré sonreír.
–Eres un maldito asqueroso, Sebastian. Deja eso para alguna de las chicas con las que te acuestes, no con tú prima, idiota –solté dejando en claro el muro que debía de estar entre los dos.
Él mantuvo su sonrisa, sus ojos levemente oscurecidos.
–Oye, no te enojes, simplemente estoy bromeando –empezó a reír, pero al ver que yo no sonreía soltó un bufido–. Eres tan niña.
–Obvio, tengo v****a por si no sabías –repliqué, él se rió, yo no sé porque dije eso, empecé a sonrojarme.
-Paty –susurró, él se fue al espacio del muro vacío entre la puerta y el cubiculo donde se escondía perfectamente y se sentó en el suelo del pasillo apoyando su espalda en la pared–. Ven aquí.
Lo miré.
Quería resistirme, pero algo me hizo querer obedecerlo, no sabía si eran las putas hormonas, o la atracción que sentía hacia él.
Me acerqué lentamente donde él estaba sentado, sabiendo que era una muy mala idea, tenía que estar lo más lejos de Sebastian posible. Pero en este momento se me hacía imposible irme.
Me senté y lo miré a los ojos. El mostró esa sonrisa que tanto me gustaba.
–¿Escuchaste lo de la fiesta? –lo miré como si hubiera dicho la peor estupidez del mundo.
–Sebastian, yo estaba a su lado cuando llamaron a todo el mundo.
–Oh, es cierto –comenzó a reír–.¿Y te gusta la idea? Será tú primera fiesta aquí en Londres, y además la fiesta la daré yo, lo que significa que será la mejor fiesta de la historia.
No pude evitar que una sonrisa apareciera en mi rostro.
–No creo que esté todo el tiempo en la fiesta –el me miró extrañado y yo puse una mueca–. Voy a estar cerca de mi habitación. No quiero que algunas personas se adueñen de ella y comiencen a tener sexo. La mejor solución es quedarse por ahí.
Me miró y por un momento pensé que se había quedado mudo, pero luego comenzó a reír divertido.
–Eres increíble –el seguía riendo, por lo que al final me contagió su risa.
–¡No es gracioso! ¿Qué pasa si por casualidad entro y me los encuentro en plena acción? –su risa se hizo más fuerte.
–Bajarás de todas maneras –habló el sin parar de reír del todo–. Porque te obligaré a hacerlo.
Lo miré arqueando una ceja.
–¿Ah, sí?
–Claro –dijo muy seguro de sí mismo–. Si tengo que arrastrarte afuera, eso haré. Asi que es mejor que salgas por las buenas. Y si aún tienes dudas buscaremos las llaves de las habitaciones que tiene mi madre y cerraremos para que las personas no entren en tú habitación.
Volví a reír y miré al frente. De repente los sonidos de unos pasos sonaron por el pasillo. Miré a Sebastian desesperada.
Se levantó en dos segundos y me tomó de la mano.
No había tiempo para correr, el inspector ya venía por el pasillo, podía escucharlo tararear una canción.
Sebastian miraba hacia todos lados tratando de buscar un lugar donde escondernos. Si el inspector nos veía estaríamos jodidos.
Fue cuando vi la puerta donde el conserje dejaba sus materiales de aseo.
Le apreté la mano a Sebastian y este miró en la dirección hacia donde yo estaba mirando. Me agarró la mano con más fuerza y casi me arrastró para entrar.
Adentro estaba oscuro y sucio, era un lugar muy pequeño donde con mucha suerte caían dos personas, en este caso Sebastian y yo.
Entré rápidamente y me apoyé en la pared a mi espalda. Sebastian entró después e hizo lo mismo conla otra pared, dejándonos así cara a cara con algunos centímetros de distancia.
Esto no puede estar pasándome a mí. Yo solo quería ir al baño, yo podría simplemente haberle dicho al inspector que me habían dado
permiso y estaría salvada. Pero gracias a Sebastian ahora estaba aquí encerrada.
–Pero qué bonita situación.
–¿Quieres alejarte? –pregunté removiéndome incómoda.
–No quiero alejarme, pero tampoco puedo, así que tendremos que esperar aquí hasta que no hayan moros en la costa.
Suspiré. Los minutos se me pasaron lentos mientras escuchaba nuestras respiraciones.
–¿Crees que ya se fue? –asentí con la cabeza.
–Yo creo que sí.
Sebastian iba a abrir la puerta, pero se quedó petrificado cuando se escucharon unas llaves afuera.
Contuve la respiración esperando a que el conserje abriera la puerta y nos encontrara aquí, pero me llevé una gran sorpresa al darme cuenta de que su intención no era abrir sino cerrar.
Cuando no escuchamos nada afuera, Sebastian habló.
–Por favor, dime que no hizo lo que creo que hizo –suplicó.
–Nos encerró –hablé sin poder creerlo.
Sebastian intentó abrir la puerta y, como esperábamos, no se abrió.
Suspiró frustrado.
–Sebastian, tenemos que salir de aquí –le dije–. En diez minutos comenzará el receso, el conserje vendrá a abrir la puerta y todo el
mundo nos verá aquí.
–¿Tienes tú teléfono? –preguntó–. Marca el número de alguno de los chicos y diles que nos saquen de aquí –suplicó.
Busqué en mis contactos el número de Donovan, pero no contesto.
Suspiré frustrada y marqué a Pedro, que me había dado su número el otro día. Después de más de siete tonos nos mandó al buzón de voz.
¿Qué les pasaba a los chicos y a sus celulares?
–Ni Donovan ni Pedro contestan. No tengo el número de ninguno más –le dije a Sebastian.
–Marca a Camilo, creo que recuerdo su número.
Eso hice.
–¿Preciosa? ¿A qué debo tu llamado? –habló con un tono animado el amigo de Sebastian.
Estaba segura de que no se encontraba en clase, ya que había mucho silencio donde estaba.
¿Todos los amigos de Sebastian se saltan las clases?
–Basta de cursilerías, necesitamos tú ayuda –Sebastian habló fuerte.
–Sebastian, ¿qué haces con Patricia? ¿Dónde están?
Suspiré y hablé:
–En el cuarto donde el conserje guarda sus útiles de aseo. Estamos encerrados –eso último lo susurré avergonzada.
Él comenzó a reír divertido y nos dijo:
–Ya, tranquilos, voy al rescate.
Después de eso cortó la llamada.
Suspiré. Bueno, algo habíamos avanzado. Camilo venía por nosotros.
Lo único que pido es que llegue antes de que el receso comience.
No quiero que me vean salir de un cuarto pequeño junto con mi primo, las cosas se pueden mal pensar.
–Di algo, por favor –suplicó el–. No me gusta que todo esté tan silencioso.
–¿De qué quieres que hable?
–De cualquier cosa –susurró.
Me mordí el labio inferior pensando en algo.
–¿Todos tus amigos se saltan las clases como niños malos?
Sebastian comenzó a reír a carcajadas y eso me hizo sonreír. Su risa era divertida.
–Camilo casi siempre se las salta, pero yo no tanto, solo algunas veces –vi cómo se encogía de hombros.
Asentí con la cabeza. Escuché como Sebastian soltaba un suspiro.
–Paty, ¿puedo hacerte una pregunta?
Lo miré y afirmé con la cabeza sin saber qué era lo que me iba a preguntar.
–He tenido la duda de qué es lo que pensabas de mí cuando me viste –dijo despacio.
¿Uh?
Bueno, no me esperaba esa pregunta.
–La primera vez que te vi tenía un poco de miedo porque me odiaras como cuando niños –hice una pausa–. Luego pensé que no podías ser tú, eras demasiado...distinto. Por último, me di cuenta de que eras un completo idiota cuando intentaste tocarme el trasero.
Con la poca luz que entraba pude ver su rostro, tenía una sonrisa de lado.
Estaba esperando que el dijera algo, pero no lo hacía. Me estaba poniendo nerviosa.
–Yo nunca te he odiado – dijo después de varios segundos de silencio–.Quizás te dejábamos de lado un poco, pero nunca podría
odiarte. Éramos solo niños.
–Niños bastante inmaduros debo agregar –me crucé de brazos le pregunté con los brazos cruzados en mi pecho, lo que hizo que
quedáramos más apretados–. ¿Sabes lo mal que me sentía porque ustedes me ignoraban?
–Teníamos nuestras razones –dijo.
–¿Tenían razones para ignorarme? –ahora me sentía realmente confusa–. Tenía solo nueve años. ¿Qué podía haber hecho?
–Pasó hace mucho tiempo, deberías olvidarlo –intentó quitarle importancia.
–Ya lo dijiste, ahora explícame, Sebastian.
El me miraba a los ojos y yo miraba los de él. Nos estábamos retando, nuestros rostros estaban tan demasiado juntos, el espacio demasiado angosto, podía sentir su respiración cerca de la mía.
¿Por qué me sentía tan caliente?
Las malditas hormonas.
Se empezó a inclinar hacia mí, ¿debía quitarme? ¿por qué deseaba que me besara?
De repente un ruido sonó afuera y la puerta se abrió.
Ambos giramos la cabeza y ante nosotros vimos cuatro pares de ojos que nos miraban asombrados, allí estaban Camilo, Pedro
y para mi sorpresa Gabriela, junto con Sasha. Me separé lo más posible de Sebastian.
–¿No podías traer un poco más de gente, Camilo? –dijo Sebas sarcásticamente.
–Lo siento, pero me las encontré por el camino y estuvieron decididas a venir –dijo apuntando a mis amigas–. Y cuando me llamaron
estaba junto con Pedro.
Salí rápidamente del cuarto de aseo y me puse a la mayor distancia de Sebastian intentando de que no se vieran mis mejillas rojas.
–Muchas gracias, Camilo, pero ¿de dónde sacaste las llaves para abrir?
Gabriela se rio.
–Nos encontramos con el conserje en el camino, así que entre Sasha y yo lo entretuvimos y ellos le robaron la llave –explicó.
–Corrección –Pedro dijo–. La tomamos prestada.
Negué con la cabeza, divertida.
–Muchas gracias por habernos sacado. Nos vemos luego.
Me di media vuelta y caminé en dirección contraria. Iría a mi casillero ya no tenía caso volver a clase, quedaban alrededor de dos minutos para que el receso comenzara.
Escuché cómo las chicas me seguían.
–¿Qué te pasó? –preguntó Gabriela confundida.
–Nada –negué con la cabeza y puse una sonrisa–. ¿Cómo salieron de clase?
–¿Vamos, vas a contarnos por qué estaban los dos metidos ahí?
–Nos estábamos escondiendo –me encogí de hombros.
–¿Y de quién? –preguntó Gabriela–. Ahí no había nadie.
–Había pasado el inspector.
–Ya –dijo la Sasha–. ¿Y por qué estás enojada?
La miré y apreté los labios.
–Me quedé encerrada con el asqueroso de mi primo.
Ellas se rieron.
Yo me reí.
Pero... solo pensaba en qué hubiera pasado si me hubiera besado.