Capítulo 8: Eso es imprudente
Después de comprar la ropa interior paseamos un rato por el centro comercial viendo un poco de ropa, pero ninguna se compró nada más. Supongo que todas éramos igual de pobres.
A las siete de la tarde abandonamos el centro comercial y pasamos a dejar a Gabriela a su casa. Luego fuimos a la mía, o en realidad a la de la tía Carmen.
–¿Estás segura de que no quieres entrar? –pregunté mirándola fijamente.
Estaba intentando convencer a Sasha de que se quedara un rato más, pero ella no cedía.
–No, prefiero evitar a tu hermano Patricia, pero gracias –respondió y colocó una sonrisa.
Solté un suspiro y también sonreí.
–Está bien, pues tú te lo pierdes –abrí la puerta y me bajé–. Mi hermano puede ser muy servicial cuando se lo propone.
La castaña rodó los ojos y yo cerré la puerta riendo.
Le dije adiós con la mano y caminé hacia la entrada de la casa.
Escuché cómo el auto de Sasha partía y cerré la puerta a mis espaldas.
Me encontré con la sorpresa de un Sebastian acostado en el sofá, durmiendo y con la televisión prendida. No pude evitar sonreír ante eso.
Apagué la televisión y me acerqué para despertarlo y decirle que se fuera a su habitación, pero en vez de eso me lo quedé mirando.
Dormido se veía tan tranquilo, tan tierno y tan lindo. Si, se veía lindo. Comencé a observarlo mejor. Sus facciones duras de siempre ahora no estaban, solo había un rostro relajado. Sus pestañas eran largas y sus labios eran delgados, podía jurar que formaban una sonrisa.
Iba a hablar, pero de un momento a otro se levantó y me tomó de la cintura, dejándome debajo de él, por lo que terminé acostada en el sillón con un sonriente Sebastian arriba de mí.
Todo pasó tan rápido que había quedado aturdida.
–¿Me mirabas Paty? –preguntó mirándome a los ojos.
–Yo...yo no te miraba, simplemente iba a despertarte –comencé a forzar para que me dejará salir, pero era un caso perdido, él era el doble de fuerte que yo.
–Eres una mentirosa. Apagaste la televisión y luego te quedaste varios minutos observando mi hermoso rostro –volvió a decir.
–¿Tu hermoso rostro? –me reí–. Y se supone que la mentirosa soy yo.
–No puedes negar que soy hermoso.
Yo seguía tratando de mover sus brazos para poder salir, pero él
ni siquiera se inmutaba. Tenía demasiada fuerza.
–Qué modesto –hablé con sarcasmo y suspiré–. ¿Podrías dejarme salir? Esto es inapropiado –le pregunté ya cansada de aquella posición.
–No hasta que digas que soy hermoso y que me estabas mirando.
Sebastian puso una de esas sonrisas traviesas y me miró a los ojos.
-Dilo, Paty.
Él debe estar bromeando.
–No voy a decir eso. Eres infantil –dije.
–Entonces no saldrás de aquí.
Comenzó a flexionar sus brazos
haciendo que nuestros cuerpos quedaran pegados, pero sin aplastarme. Nuestra cercanía era incómoda. Podía sentir su respiración y su rostro estaba demasiado cerca del mío. Esta era una posición peligrosa. Por lo menos para mí.
–Sebastian, por favor –supliqué mirándole a los ojos.
–No hasta que lo digas –susurró.
Me acerqué a su oído con una sonrisa y también susurré.
–Ni lo creas.
Sebastian enarcó una de sus cejas y me miró, su mirada oscurecida.
–Mala decisión, Paty.
Sebastian se sentó a horcajadas arriba de mí y puso una sonrisa traviesa. Yo lo miré un poco asustada.
Pero cuando llevó sus manos a mi estómago estuve segura de lo que iba a suceder a continuación.
¡No cosquillas no!
–¡Sebastian, por favor, no! –dije riendo.
Sebastian me miró y comenzó a reírse a carcajadas.
–Pero si aún ni siquiera te he tocado.
–No importa, no importa. ¡Por favor, no!
El volvió a acercar sus manos sin tocarme y yo volví a retorcerme
debajo de él riéndome.
–Ya sabes lo que tienes que decir.
Esta vez sí tocó mi cuerpo con sus manos y yo solté carcajadas
muy fuertes. No podía para de reír, incluso no podía respirar.
–Está bien, está bien, voy a decirlo –dije entrecortadamente.
Sebastian se detuvo y me miró sonriente.
Suspiré y puse los ojos en blanco.
–Está bien, eres hermoso y si, te estaba mirando –me rendí y a él
se le ensanchó la sonrisa mientras se quitaba de arriba de mí.
–No fue tan difícil,¿cierto? –preguntó riendo a mi lado.
–Eres un infantil, Sebastian –me paré del sofá y mis ojos cayeron a su pantalón de reojo.
Oh...
La erección era evidente y marcaba su pantalón, hice como que no lo vi cuando él se arregló el pantalón y caminé hacia mi habitación.
¿Era normal que su cuerpo reaccionara así por mí aunque fueramos primos?
****
Lunes, otro asqueroso lunes.
El fin de semana se había pasado jodidamente rápido y más con la noticia que la tía Carmen nos había dado.
El día domingo, luego de comer, nos juntó a los tres en el salón para darnos la noticia. Ella tendría que viajar por el fallecimiento de una amiga
cercana; se iría hoy lunes y volvería el viernes.
Luego de la noticia los chicos no perdieron el tiempo e invitaron a
todas las personas de la escuela a una fiesta el miércoles.
¡¿Quién es tan estúpido como para hacer una fiesta un día miércoles?! Si, ellos.
Cuando llegué a mi casillero me encontré con Gabriela, quien al
verme sonrió de inmediato.
–¡Paty! ¿Cómo estás? –preguntó mientras cerraba su propio casillero.
–Pues creo que…¿bien? ¿Escuchaste lo de la fiesta?
–Al parecer no te agrada la idea, cariño, y sí, me llegaron como veinte mensajes de texto avisándome de la grandiosa fiesta. Quiero que sepas que solo iré porque tú estarás ahí, pero que no se te suba a la cabeza, ¿está bien? –sonreí y comenzamos a caminar al salón.
***
La profesora de Literatura quería que hiciéramos diez páginas del libro y todos en el salón sabían que era porque no quería enseñarnos nada y le salía menos complicado.
Me levanté frustrada de mi asíento y fui donde la profesora a preguntarle si podía ir al baño. Sin despegar la vista del teléfono asintió con la cabeza.
Los pasillos estaban completamente desiertos. Caminé lentamente hacia los baños, iba a demorarme lo más posible para no tener que volver a esa asquerosa clase.
–¡Pero miren qué bonita sorpresa! –escuché detrás de mí. Se me estaba haciendo bastante común escuchar esa voz...
–¿Sebastian? –me di media vuelta y lo miré–. ¿Qué haces en el baño de mujeres?