Esa voz, esa voz que era como un trueno en medio de una tarde despejada. Me giré lentamente, sintiendo cómo el corazón se me detenía y luego arrancaba a una velocidad s*****a. Alexander estaba allí, de pie, impecable en su traje azul marino, con una mano en el bolsillo y una expresión que no lograba descifrar, pero que me hizo sonrojar de inmediato. —Alexander... —dije, sintiendo que el mundo se volvía pequeño. Para mi absoluta sorpresa, Bruno no pareció intimidado. Al contrario, estiró la mano hacia Alexander con una familiaridad que me dejó muda. —Alexander, finalmente llegas. Te estaba esperando. —Disculpa los minutos de retraso —respondió Alexander, estrechando su mano conmovida fuerza, pero su mirada se desvió hacia mí por un segundo.— Las cosas en el juzgado se retrasaron un

