Sin mediar palabra, sin un solo aviso, me lancé sobre él. Mi puño impactó en su mandíbula con la fuerza de un mazo. Ronald retrocedió, cayéndose, pero el odio también le daba fuerzas. Me devolvió el golpe, alcanzándome en el pómulo, pero yo no sentía dolor. Solo sentía el deseo de molerlo a golpes hasta que dejara de respirar. Julia entró en la habitación detrás de mí, gritando. Corrió hacia la cama y empezó a mover a Daniela. —¡Daniela! ¡Dani, por favor, despierta! —lloraba, acariciándole el rostro, pero Daniela no respondía. Estaba lánguida, como una muñeca rota. —¡Lárgate de aquí ahora mismo! —le exigí a Ronald, acorralándolo contra la pared. Mi voz era de un enojo que parecía venir de lo más profundo de la tierra. Ronald se limpió la sangre de la nariz y me miró con una sonrisa

