Alexander soltó una pequeña risa irónica, una que no llegó a sus ojos. Se giró hacia mí, acortando la distancia mínima que nos separaba en el ascensor. —¿Estás celosa, Daniela? —preguntó con una chispa de suficiencia que me dio ganas de abofetearlo. —¡Por supuesto que no! —exclamé, sintiendo que la cara me ardía. —No sea ridículo. No pierdo mi tiempo con sentimientos tan mediocres. Y ni se le ocurra volver a mencionar esa palabra. No tiene el derecho. Él no pareció convencido. Miró los números del indicador de pisos con una calma exasperante. —Te llevaré a tu casa —dijo sin preguntas. —Y después de dejarte, me iré con Rosa. Ella me está esperando. —De ninguna manera —dije, desafiante. —Puedo tomar un taxi. No quiero que me use como escala en su ruta de placer. —No te he preguntado, D

