La casi inmóvil Faith, tras exigirle a los escoltas que le abrieran la puerta, corrió como si la estuviese persiguiendo un león, hasta encerrarse de nuevo detrás de las dos enormes puertas de la entrada de la mansión. Faith sentía que no podía respirar cuando se dejó caer al suelo. Las piernas las apretó a su pecho y sollozó con el mentón sobre sus rodillas. Las gruesas lágrimas empaparon sus brazos, y apenas pudo pensar que entre esos dos hombres no solo los diferenciaba la elegancia y la caballerosidad, sino la inteligencia. Tanner jamás habría hecho algo tan bestia ni tan animal como lo que Rhys hizo con ella para erradicarle la maldita fobia al exterior. Rhys no se sentía ni un porciento mal por el daño que le causó. Lo único que le importaban eran sus jodidos zapatos llenos de vómit

