Pasé toda la noche en vela, mi mente dividida entre el sentido común y la curiosidad que me quemaba por dentro. La carpeta seguía abierta sobre la mesa, con las cláusulas más explícitas brillando como una provocación. Una parte de mí quería salir corriendo, pero otra, una más oscura y atrevida, deseaba averiguar qué se sentía entregarse por completo.
Cuando el amanecer iluminó mi habitación, supe lo que tenía que hacer, no esperaría mas tiempo.
Me dirigí a el baño de la habitación y comencé a buscar un cepillo de dientes, resulta que el tenia razón, todo lo que necesitaba estaba aqui.
Me di una ducha rápida y lave mi cabello, este era el shampoo que ho usaba.
¡Que casualidad!
Cuando estuve lista baje a el lugar de encuentro.
El silencio reinaba cuando entré en el despacho. Él estaba allí, detrás de su escritorio, concentrado en un documento, pero levantó la vista en cuanto me vio. Sus ojos, siempre impenetrables, se clavaron en mí con una intensidad que me dejó sin aliento.
-¿Has tomado una decisión? -preguntó, cruzando las manos sobre el escritorio.
Cerré la puerta detrás de mí y avancé con pasos firmes, aunque mi corazón latía con fuerza.
-Antes de decidir, hay algo que debes saber -dije, mi voz más segura de lo que esperaba.
Sus cejas se arquearon ligeramente, y ladeó la cabeza, expectante.
-Soy... señorita. Nunca he estado con nadie.
Por un instante, el silencio fue absoluto. Sus ojos se oscurecieron, y su expresión cambió, pasando de la sorpresa al deseo en un parpadeo. Se levantó de golpe, rodeando el escritorio con pasos decididos. Antes de que pudiera reaccionar, estaba frente a mí, mirándome como si hubiera dicho algo que lo hubiera desarmado por completo.
-¿Nunca? -susurró, su voz baja y cargada de intensidad.
Negué con la cabeza, sintiendo el calor subir a mis mejillas. Sus ojos recorrieron mi rostro como si estuviera viendo algo valioso y frágil, algo que debía proteger y poseer al mismo tiempo.
-Mary... no tienes idea de lo que acabas de provocarme.
Sin darme tiempo a procesar sus palabras, me tomó por la cintura y sus labios se apoderaron de los míos. Fue un beso voraz, desesperado, como si hubiera estado conteniéndose durante días y ya no pudiera más. Sus manos, cálidas y firmes, me atrajeron hacia él, y mi cuerpo respondió instintivamente, como si estuviera hecho para encajar con el suyo.
Sin separar sus labios de los míos, me levantó en brazos, haciéndome soltar un jadeo de sorpresa. El calor de su cuerpo contra el mío era una tortura deliciosa, un recordatorio constante de su fuerza y dominio. Podía sentir el latido de su corazón, fuerte y constante, mientras subía las escaleras conmigo.
-No tienes idea de lo que haces conmigo, Mary -murmuró, su voz baja y ronca.
Cada paso hacía que mi cuerpo se presionara más contra el suyo, y una sensación nueva y desconocida se instaló en mi vientre, una mezcla de nerviosismo y anticipación que me robaba el aliento. Mis manos, temblorosas, se aferraron a sus hombros, buscando algo a lo que aferrarme mientras mi mente intentaba asimilar lo que estaba sucediendo.
Cuando llegamos a la habitación, abrió la puerta con el pie y me dejó suavemente sobre la cama. Mi pecho subía y bajaba rápidamente, y mis ojos se encontraron con los suyos, oscuros y llenos de algo que no podía descifrar.
-Eres... perfecta -dijo, como si hablara consigo mismo.
Se inclinó hacia mí y comenzó a desabotonar mi blusa con una lentitud tortuosa, dándome tiempo para detenerlo si así lo deseaba. Pero no lo hice. Sus dedos rozaron mi piel al abrir los botones, enviando escalofríos por todo mi cuerpo. Mi respiración se aceleró cuando su mano se deslizó por mi clavícula, trazando un camino hacia el borde de mi sujetador.
-Dime si quieres que pare -murmuró, su voz ronca y cargada de deseo.
Negué con la cabeza, incapaz de hablar. Una sonrisa satisfecha curvó sus labios antes de inclinarse para besarme el cuello. Su lengua dejó un rastro ardiente en mi piel, y cada caricia suya encendía un fuego que parecía consumir todo a su paso.
Cuando finalmente me dejó desnuda ante él, no sentí vergüenza. Su mirada era reverente, como si estuviera viendo algo sagrado. Sus manos, firmes pero gentiles, recorrieron mi cuerpo, y cada toque suyo era una promesa de placer y dominio.
-Esto es solo el principio, Mary -murmuró contra mi oído, mientras su cuerpo se inclinaba sobre el mío.
Y en ese momento, supe que ya no había vuelta atrás. Estaba cruzando una línea que cambiaría mi vida, pero esto era lo que mi cuerpo queria.