El restaurante entero estalló en aplausos. Las copas tintineaban, las risas eran melodiosas y las miradas estaban sobre nosotros. Yo sonreía, posando una mano sobre el brazo de Justin, sintiéndome ajena en mi propio cuerpo. Había aprendido a sonreír por compromiso. A sonreír bonito, aunque por dentro todo fuera un caos. —¡Felicidades! —gritó alguien desde una mesa al fondo. —¡Brindemos por los futuros esposos! —dijo otro, alzando su copa. Justin me apretó la mano, sus ojos brillaban de emoción. Yo lo miré, asentí, y fingí con más fuerza. —Cariño, ¿te importa si voy al baño? —pregunté inclinándome hacia él, intentando que mi voz no temblara. —¿Estás bien? —me preguntó enseguida, preocupado. —Sí, solo necesito un minuto. —Le sonreí—. Estaré bien. Él asintió, confiado. Me levanté, disc

