La luz del sol se colaba por las cortinas cuando desperté, aún algo desconcertada por lo que había pasado la noche anterior. Los pensamientos sobre Héctor seguían rondando mi mente, cada palabra, cada gesto. No entendía del todo sus intenciones, pero algo en su mirada me había hecho dudar de todo lo que creía saber sobre él. Me estiré y me levanté, escuchando risas provenientes de la sala. Me puse algo cómodo y caminé hacia allá. Para mi sorpresa, Héctor estaba allí, sentado en el sofá junto a mi madre, quien parecía encantada con su compañía. Sobre la mesa, una bandeja con croissants, café, jugo y frutas frescas. —Buenos días, Mary —saludó Héctor con una sonrisa que parecía demasiado natural para alguien como él. —¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté, todavía algo desconcertada. —Traje

