La terraza estaba iluminada por miles de luces pequeñas que colgaban como estrellas sobre nuestras cabezas. Todo era perfecto, casi demasiado perfecto. Héctor había insistido en traer a mi madre y a mí a cenar a uno de los restaurantes más exclusivos del hotel. La mesa estaba preparada con cubertería de plata y copas que reflejaban las luces de la ciudad. Era como un sueño… aunque yo sabía que con Héctor, todo podía volverse una pesadilla en un abrir y cerrar de ojos. —Voy al baño —dijo mi madre, levantándose con una sonrisa—. Ustedes hablen mientras tanto, ¿sí? Héctor esperó a que desapareciera de nuestra vista antes de girarse hacia mí. Su rostro, por primera vez en mucho tiempo, no reflejaba esa máscara de indiferencia que siempre llevaba. Parecía vulnerable, pero no del todo. —Mary

