El camino de regreso al hotel fue silencioso. Mi madre intentó iniciar conversación un par de veces, pero solo pude responder con monosílabos. Mi mente estaba nublada, perdida entre la frustración, el dolor y la confusión que Héctor había dejado tras su abrupta salida. El aire acondicionado del taxi me resultaba asfixiante, y el murmullo de la ciudad se sentía distante, como si el mundo hubiera decidido seguir su curso mientras el mío se detenía por completo. Cuando llegamos al hotel, todo estaba en orden, como si Héctor hubiera anticipado cada detalle antes de marcharse. En recepción no hubo complicaciones; nos entregaron las llaves de la habitación y nos recibieron con la misma calidez de siempre. Todo parecía funcionar a la perfección, excepto mi interior, que estaba hecho pedazos. —V

