El aeropuerto estaba lleno de voces y despedidas, de familias abrazándose y de lágrimas que parecían mezclarse con el eco de los anuncios de vuelos. Yo estaba en medio de todo ese caos, pero me sentía más sola que nunca. Mi mochila colgaba de mi hombro, pesada no por su contenido, sino por el peso de lo que dejaba atrás. Respiré hondo y miré el boleto en mis manos. Un boleto solo de ida. A otro país. A otra vida. —No llores —me dije en voz baja, pero las lágrimas ignoraron mi orden. Los minutos pasaban y yo no podía moverme. Mi cuerpo estaba aquí, en el aeropuerto, pero mi corazón seguía atado a un nombre, a una sombra. A Héctor. Él no estaba aquí. Ni siquiera intentó detenerme. Y eso dolía más que cualquier despedida. —¡Última llamada para el vuelo 327 con destino a Boston! Mi pecho

