Desde aquella noche en el café, no volví a saber de Héctor. Su ausencia se convirtió en una sombra que se aferraba a mi piel, en el eco constante de un nombre que me juré no volver a pronunciar, pero que mi mente repetía en bucle, una y otra vez. Los días pasaron como lagunas grises, espesos y vacíos. Me movía porque mi cuerpo lo hacía de forma automática, pero por dentro… por dentro no quedaba nada. No comía. A veces pasaban horas y ni siquiera me daba cuenta. Mi alimentación se redujo a galletas energéticas y barras de granola que ni siquiera saboreaba. Solo tragaba por inercia, como quien respira porque es imposible no hacerlo. Perdí peso. Tres kilos, tal vez más. Lo notaba en la forma en que la ropa colgaba de mi cuerpo, en mis mejillas hundidas, en las ojeras que parecían tatuadas ba

