La lluvia golpeaba el cristal del pequeño café donde me refugié, un eco constante de la tormenta que se desataba dentro de mí. Las gotas resbalaban por el vidrio como si fueran el reflejo de mis propias lágrimas, esas que ya no podía contener, esas que salían sin pedir permiso, dejando un rastro salado en mi piel. Mi café se había enfriado hace rato, pero no me importaba. No sentía nada. Solo un vacío inmenso que se extendía dentro de mí, creciendo con cada recuerdo, con cada palabra no dicha, con cada herida que Héctor había dejado marcada en mi alma. Y entonces, como si el universo quisiera ponerme a prueba una vez más, apareció. Se sentó frente a mí sin pedir permiso, con la misma arrogancia que siempre había llevado como una segunda piel. Su presencia llenó el espacio, desplazando el

