El zumbido constante del avión era un recordatorio de que estaba muy lejos de tierra firme. Aunque el interior era lujoso, con asientos de cuero y un ambiente diseñado para relajarse, no podía evitar la sensación de nerviosismo que se enroscaba en mi estómago. Miré por la ventana, pero rápidamente aparté la vista cuando vi las nubes a nuestro nivel. El hecho de estar tan alto me resultaba completamente antinatural. Héctor, sentado a mi lado, parecía notar mi incomodidad. Estaba tranquilo, con una mano descansando en el apoyabrazos y la otra sosteniendo una copa de vino. Su postura relajada era un contraste absoluto con mi rigidez. Me miró de reojo, una sonrisa divertida apareciendo en sus labios. —¿Es tu primera vez volando? —preguntó, como si ya conociera la respuesta. Suspiré, incapaz

