Desperté con una sensación extraña en el cuerpo. No era solo el dolor punzante en mis músculos, un recordatorio de la noche anterior, sino algo más profundo. Mientras me estiraba en la cama, deslicé los dedos por mis labios, aún hinchados por los besos de Héctor. Una sonrisa fugaz cruzó mi rostro, pero se desvaneció al escuchar la puerta abrirse. —Buenos días, dormilona —dijo Héctor, entrando con esa confianza arrolladora que parecía acompañarlo a todos lados. Su figura ocupó la habitación, imponente y segura. Llevaba una camisa blanca perfectamente ajustada, los primeros botones desabrochados dejando entrever su pecho. En su mano, traía unas bolsas. —¿Qué es eso? —pregunté, incorporándome con curiosidad. Sin responder, las dejó sobre la cama y me miró con esa media sonrisa que siempre

