El aire salado del mar me llenaba los pulmones mientras caminábamos por la orilla. Mis pies descalzos se hundían en la arena húmeda, y el murmullo de las olas rompía el silencio entre Héctor y yo. Habíamos salido del restaurante hacía unos minutos, pero yo había insistido en no volver directamente al hotel en el carrito. Quería caminar, sentirme libre, experimentar ese momento único con el océano como testigo. —Esto es divino, Héctor —dije, estirando los brazos hacia el cielo estrellado. Sentía cómo la brisa jugueteaba con mi vestido y mi cabello, haciéndome sonreír. Él caminaba a mi lado, tranquilo, pero silencioso. Su mirada no se apartaba de mí, aunque no pronunciaba palabra. Ese aire suyo, de hombre inquebrantable, siempre parecía envolverlo en un halo de misterio. —¿No te parece he

