El ambiente en la habitación estaba cargado de una tensión que electrizaba cada rincón. La tenue luz de las lámparas creaba un juego, mientras el sonido del viento marino se colaba por las ventanas abiertas. Héctor me miraba con una intensidad que hacía que mi piel se erizara. Sin decir nada, se acercó al armario y sacó un juego de cuerdas suaves de seda roja. Su simple presencia me dejó sin aliento, y cuando nuestros ojos se encontraron, una mezcla de curiosidad y deseo se apoderó de mí. —Confía en mí —dijo con una voz profunda, extendiendo una de las cuerdas entre sus manos como si estuviera evaluándola. Asentí sin palabras, sintiendo que mi corazón latía con fuerza. Había algo en su forma de mirar, de hablar, que me hacía sentir segura incluso en los momentos más inesperados. —Quier

