El sol se filtraba tímidamente por las cortinas cuando abrí los ojos. Mi cuerpo estaba acurrucado bajo las sábanas de algodón suave, y un perfume tenue y amaderado flotaba en el aire, el rastro inequívoco de Héctor. Extendí la mano hacia su lado de la cama, pero, como esperaba, ya no estaba. Me estiré lentamente, sintiendo cada músculo recordarme la intensidad de la noche anterior. Al mirarme en el espejo del baño, mis ojos captaron marcas en mi cuello, mis brazos, incluso en mi cadera. No eran dolorosas, pero sí una evidencia clara de la pasión que Héctor desbordaba. Mi pecho se llenó de una mezcla de asombro y confusión. Él me había marcado. De manera deliberada. Con pasos vacilantes, regresé al dormitorio. Mi mente giraba con preguntas mientras me vestía. ¿Por qué hacía esto? ¿Era un

