Salí del restaurante con pasos apresurados, intentando mantener la compostura, aunque por dentro era un volcán a punto de estallar. Las miradas me seguían, algunas curiosas, otras sorprendidas por el inesperado giro en la velada. El chef aún me observaba desde su sitio, desconcertado por la interrupción. Pero lo único que me importaba era alejarme de Héctor. De su mirada posesiva. De su presencia invasiva. De su poder sobre mí. -¡Mary! -escuché su voz detrás de mí, pero no me detuve. Aceleré el paso, maldiciendo mis tacones y mi vestido ajustado que me impedía moverme con libertad. Estaba a unos metros de la calle cuando sentí su mano rodear mi brazo con firmeza. -¡Suéltame, Héctor! -gruñí, forcejeando. -No hasta que me escuches -dijo con voz baja, pero cargada de rabia contenida. -¡N

