Cuando el auto se desvió del camino principal y comenzó a subir por una colina estrecha y sinuosa, supe que no me llevaba a casa. No dije nada. Simplemente observé por la ventana cómo la ciudad quedaba cada vez más abajo, con sus luces titilando como luciérnagas en la distancia. La brisa se colaba por una pequeña abertura de la ventana, suave, fresca, casi nostálgica. Finalmente, el coche se detuvo frente a una villa enclavada en lo alto. No era ostentosa, pero sí hermosa: minimalista, paredes blancas, rodeada de árboles altos que bailaban con el viento. Desde donde estaba, se podía ver toda la ciudad extendiéndose bajo un cielo nocturno despejado, como si el universo entero se hubiese inclinado para mirar junto a mí. -Vamos -dijo Héctor, apagando el motor y saliendo del auto. Yo no me

