Los días pasaron como un suspiro helado. Encerrada en mi apartamento, ignoré llamadas, mensajes, notificaciones... todo. No quería verlos. Ni a Justin ni a Héctor. Ni siquiera quería verme a mí misma. Me limité a existir: trabajar, dormir, evitar el espejo. A veces el silencio pesaba tanto que dolía más que el golpe en mi rostro. Pero al menos me daba tiempo para pensar. Y lo pensé todo. Una y otra vez. Hasta que llegó el día en que decidí llamarlo. A Justin. No porque quisiera retomar nada, sino porque necesitaba decirle la verdad. Él merecía saber por qué me alejé, por qué no podía ser suya, por qué mi corazón, aunque yo lo negara, ya tenía dueño desde hacía años. Quedamos en vernos en una cafetería discreta, lejos del hospital, del caos y de los ojos curiosos. Llegué temprano. Me

