El taxi se detuvo frente al edificio. Bajé con el corazón en la garganta, pagué sin mirar el cambio y observé por unos segundos la entrada de cristal. Era la Torre Zambrano. Aquel lugar que en algún momento me impuso respeto, ahora se sentía como el único sitio donde necesitaba estar. Respiré hondo. Estaba decidida. Iba a buscarlo. A mirarlo a los ojos y decirle que no quería seguir huyendo. Que quería amar sin miedo, que no me importaba el pasado, ni lo que sintiera por mí, que me bastaba con estar cerca. Porque cuando lo tenía cerca, el mundo se alineaba. Porque sin él, todo me dolía. Entré y me dirigí a recepción. Una de las chicas me reconoció de inmediato y sonrió con amabilidad. -Señorita Mary, qué gusto verla. ¿Viene por más clases? -preguntó con naturalidad. Asentí apenas con u

