Llegamos a la casa de Héctor en un silencio que pesaba más que las palabras no dichas. Mi cuerpo temblaba, todavía atrapado en los recuerdos de lo ocurrido en el hospital. Podía sentir la adrenalina rezagada abandonando mi sistema, dejando un rastro de agotamiento y vulnerabilidad. Héctor abrió la puerta con rapidez, pero sin perder la calma. Sus movimientos eran fluidos, casi automáticos, como si supiera exactamente qué hacer para mantenerme a salvo, incluso dentro de su propio espacio. Cuando cerró la puerta tras de nosotros, se giró para mirarme. Su expresión era indescifrable, una mezcla de preocupación y algo más que no lograba identificar. —Ven aquí —dijo con voz firme, pero cargada de una calidez que no esperaba. Antes de que pudiera reaccionar, me cargó en sus brazos. Era como s

