La delgada línea de la traición

2014 Palabras
Gemina llevaba un mes trabajando como asistente de presidencia. La última vez que había visto a Augusto fue en la reunión que se hizo en honor al nombramiento de Roberto como presidente. Asistió con todo su séquito y se mostró tranquilo, incluso opacando al mismísimo Roberto, pues saludó a todos los invitados y dejó que la prensa le tomara fotos. Roberto aquella noche estuvo irritado, varias veces se quejó con ella, hasta llegó a regañarla por haberle permitido a Augusto que asistiera: —Es mi noche, haz que se vaya —le dijo a Gemina. Pero ella no pudo hacer mucho (y tampoco quería hacerlo), pues sabía que hacerlo era condenarse a muerte. Lo que hizo fue mantenerse alejada del radar de Augusto, casi quería volverse invisible. Afortunadamente Augusto en toda la noche no le dirigió la palabra, aunque lo sorprendió en varias ocasiones expiándola de lejos. Lo que siguió a la posesión de Roberto como presidente fue un cúmulo de trabajo para Gemina. Debía encargarse de todo el trabajo de su jefe, justo como imaginó que iba a suceder. Si había un problema, Gemina debía encargarse. Roberto nada más era el rostro, la imagen pública. Para la contratación del desarrollo del software para la aplicación, era Gemina la que tomaba las decisiones, la que explicaba el proyecto y revisaba los contratos. Pasaba días enteros trabajando, sin derecho a descanso. Había noches en las que lloraba, preguntándose cómo iba a salir de aquel problema. Porque sí, era un problema que no le encontraba solución. Y cuando veía a su jefe estrechando las manos con los socios, recibiendo halagos de los altos ejecutivos, en ella iba naciendo una oscuridad, un odio profundo hacia Roberto y también a ella misma. Por tonta, por no haberlo visto. —Necesito que hables con esa escritora hoy mismo, necesitamos hacer que firme el contrato —le dijo Roberto cuando estaban en la oficina. —Lo que pasa, doctor, es que ella dijo que no quería trabajar con nosotros —explicó Gemina. —¡Que no! —gritó Roberto y le dio una fuerte palmada a la mesa. Gemina retuvo el aliento, nerviosa. —Ella será la cara de la aplicación en el lanzamiento, necesitamos que su próximo libro sea publicado con nosotros —gruñó Roberto—. ¡¿Cómo hago para que lo entiendas?! —Es que… doctor, la escritora Laura Oliguera no está de acuerdo con el contrato —trató de explicarle—. Y dijo que no publicaría con nosotros si no se modificaban las cláusulas. —¡Pero debe firmar!, ¡tiene que hacerlo y debe aceptarlo, ¿o quién se cree esa estúpida?! ¡Todos los escritores aceptaron sin ningún problema!, ¡¿por qué ella no?! La respiración de Gemina empezó a acelerarse. —¡Haz que firme hoy mismo! —gritó Roberto y le aventó el contrato a la cara—. ¡No regreses hasta que traigas ese maldito contrato firmado! La joven rápidamente lo recogió del suelo y salió de la oficina presidencial. Se dirigió rápidamente al ascensor, temblando y con los ojos llenos de lágrimas. Llevaba dos noches sin dormir, le dolía el estómago y la cabeza. Se recostó al metal del ascensor, sintiendo que en cualquier momento se iba a desvanecer. Aunque… si se moría, al menos iba a descansar. Observaba los números descender lentamente con aquella luz artificial. No quería que el ascensor se detuviera. Deseaba quedarse allí, para siempre. Y lo peor pasó, como si la vida se estuviera burlando de ella. Al abrirse las puertas un joven alto, moreno, vestido con un traje hecho a la medida apareció frente a ella. Paul Orbinson. El joven al verla sonrió con toda la cara. —¿Gemina? —preguntó. La joven salió tímidamente del ascensor. Él, animado, se abalanzó a abrazarla. —¡¿Cuánto tiempo?! —le gritó y la zarandeó de los hombros. Gemina notó que detrás de Paul estaba Augusto. Parecía que habían llegado juntos. —¡¿Cómo estás?! —preguntó Paul—. Ay, no me digas que trabajas aquí como editora. ¿Eres la editora en jefe? Gemina apretó los labios por un momento, tratando de calmar el nudo en su garganta. —Sí, trabajo aquí —contestó. Paul aceptó con lentos movimientos de cabeza, notando la apariencia de su amiga. —Ah… ¿y en qué área trabajas? —En la administrativa —contestó ella—. Aunque… antes estaba en el sector editorial, pero recientemente me pasaron a la administrativa. —¿Y por qué? Si tú estudiaste literatura… —Ah… bueno, me necesitaban, creo —respondió Gemina, a medida que hablaba, su voz se iba apagando, notando que Augusto estaba prestando atención. —¿Y qué haría una editora en el sector administrativo? —cuestionó Paul—. ¿Qué cargo tienes? —Asistente —dijo Gemina—. Asistente de presidencia —agregó. —Ah… —soltó Paul—, interesante… —¿Y tú qué haces aquí? —preguntó Gemina, necesitaba cambiar la conversación. —Vinimos a hacer un recorrido por la empresa, estamos visitando las sedes —contestó, su voz volvió a animarse—. Es la primera vez que me permiten hacer el recorrido, ¿sabes? —¿Desde cuándo trabajas para la editorial Urriaga? —Llevo seis meses, desde que regresé al país —explicó Paul—. Intenté llamarte desde que regresé, pero cada vez que lo hacía, tu número aparecía como si estuviera fuera de línea. —Sí, es que cambié de número. Augusto entró al ascensor y llamó a Paul. —¿Me lo das? Tenemos que hablar y ponernos al día—pidió él con rapidez, dándole miradas a su jefe. Gemina le dictó el número y él lo anotó con rapidez en su celular. Se despidió con ella con la animosidad de siempre y después entró al ascensor. —¿Desde cuándo son amigos? —escuchó Gemina que Augusto le preguntó a Paul. —Somos amigos de la universidad, estudiamos juntos —respondió él. Gemina tragó saliva. Volvió a avanzar hasta la entrada. Ver a Paul le estaba recordando a Gemina las malas decisiones que había tomado en su vida. Y que la viera así, en esa situación, en su peor momento… Se sentó en la parada de bus y empezó a llorar en silencio. Al cerrar los ojos, podía verse en el pasado, al lado de Paul, en la conferencia, cuando ella tomaba el micrófono y empezaba a hablar con una sonrisa. Y al abrir los ojos, volvía a su realidad. ❦❦❦ Laura estaba cruzada de brazos, negó lentamente con la cabeza. —Entiendo lo que me dices, pero entiéndeme a mí —dijo ella, echando su cabello rubio hacia atrás con una mano—. En un inicio acepté porque me pareció un buen proyecto, uno rentable. Pero el contrato no me beneficia, mi abogado me dijo que no lo firmara. Usarán mi imagen, mi nombre, pero me pagarán muy poco. Gemina apoyó los codos sobre la mesa y frotó su rostro con estrés. —No te puedo decir algo diferente a lo que ya le expliqué al editor que me contactó —siguió diciendo Laura—. De hecho, me decepcionó que me llamara alguien diferente a ti, me habías prometido que únicamente hablaría contigo. —Es que, ya no trabajo como editora. —Eso me dijeron y me parece muy injusto —Laura le dio un manotazo a la mesa, haciendo que la tacita de café repiqueteara—. Te degradaron, ¿cómo que ahora eres una asistente? Me dijiste que con este proyecto te ascenderían a editora en jefe. Prácticamente había aceptado porque quería apoyarte. —Si me quieres ayudar, firma el contrato, por favor… —gruñó Gemina, apretando las manos en sus ojos. —¡Estaría ayudando a la editorial de porquería que te está explotando, no te ayudaría a ti! —¡Si no firmas, mi jefe me va a matar, entiende! —exclamó Gemina, mirando fijamente a su amiga—. ¿Es que no lo ves? Me va a matar a este paso… Laura dejó salir un largo suspiro. —Entiéndeme, Gemi, no puedo, en este momento tengo mejores propuestas editoriales —explicó Laura con cariño—. Por eso envié el mensaje de que mejoraran la propuesta, si me presentas una mejor, firmaré con gusto, pero así no. También es mi trabajo, compréndeme. Gemina aceptó con un leve movimiento de cabeza. Su vida iba en picada. Ya no había solución. Lo mejor para ella era morirse pronto. ❦❦❦ Paul estaba nervioso, la última vez que su jefe lo había llamado a la oficina fue para regañarlo por un error con la impresión de un libro. Y fue una experiencia que no quería volver a tener. Al ingresar a la gran oficina, Augusto le pidió que se sentara mientras él terminaba de revisar unos papeles. —Dime, ¿qué te pareció el recorrido por las otras sucursales? —preguntó Augusto. —Me pareció muy interesante, señor —contestó Paul—. Siempre había querido ir a la sede principal, es imponente, aunque, claro, esta sede también es muy buena… O sea, es grande, no tanto como la principal, claramente, y no queda en el centro de la ciudad, pero también tiene lo suyo, está retirada en la ciudad, pero… pues… —Vio a su jefe alzar la mirada y esto le hizo entender que era mejor hacer silencio. —Dime, ¿qué tan amigo eres de la señorita Gemina? La pregunta desconcertó a Paul. —Pues en el pasado éramos mejores amigos —contestó—, nos conocimos en primer semestre de literatura. Gemina era la mejor, siempre ha sido una genio en lo que hace. Tenía una beca, hizo toda la carrera becada, ¿no le parece interesante? Siempre imaginé que iba a terminar trabajando en una importante editorial, siendo editora en jefe. Pero mire que terminó de asistente, qué vueltas da la vida. —¿Por qué perdieron contacto? —Ah, es que yo me fui a estudiar una maestría en el exterior y ella no pudo ir, por temas económicos, usted sabe. Aunque Gemina se quedó aquí, haciendo una especialización. Supongo que la terminó, porque era una beca que le otorgó la universidad. Intentamos mantener el contacto, pero la distancia hizo lo suyo. —¿Cuándo te vas a reunir con ella? —siguió preguntando Augusto. Paul subió los hombros. —No lo sé, no me contesta las llamadas. Le envié un mensaje y me dijo que está demasiado ocupada. Parece que su jefe la explota, ¿sabe? Cuando la vi parecía tan demacrada la pobre, y me dio la impresión de que había estado llorando. A Gemina se le pone la nariz y las orejas rojas cuando llora, así que es fácil leerla. —Llevó una mano a su pecho—. Humm… no, presiento que ella no está bien, me dejó preocupado. Augusto tomó su cartera y sacó una tarjeta de crédito, ofreciéndosela a Paul. El joven, sorprendido, la tomó dudoso y con sospecha. —Quiero que vayas al trabajo de Gemina hoy mismo y la invites a cenar —ordenó Augusto—. Sácale toda la información que puedas sobre su estado actual: a qué hora se va a su casa, cuántas horas trabaja, en qué está dedicando su tiempo. Y lo más importante: cómo es la relación actual con su jefe. Paul tragó saliva. —Pero, doctor… ¿para qué le sacaría tanta información a Gemina? Augusto lo observó fijamente, haciéndolo estremecer. —Paul, ¿te gustaría ser editor en jefe de la sede central? —le preguntó. Los ojos del joven brillaron. —Claro que sí, doctor… —Entonces lo que harás de ahora en adelante es volver a ganarte la confianza de Gemina —le ordenó—. Necesito que le hagas entender que debe alejarse del presidente actual, que lo traicione. Debes convertirte en la sombra de Gemina y hacer que ella abra los ojos.
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