Los errores de una mujer

1985 Palabras
Estaban saliendo los ejecutivos de la sala de reuniones. Se escuchaba un murmullo creciente en los pasillos. Gemina no había querido seguir con el corazón en la boca, así que intentó concentrarse en su trabajo, pero iba de un lado a otro, buscando café y yendo al baño, arrojándose agua en la cara para despertarse. Entonces, cuando vio a los ejecutivos salir de la sala de reuniones, hablando en grupos y otros yéndose bastante enfadados, Gemina decidió volver al baño, nerviosísima por cuál había sido el veredicto. Pero no se esperaba que, al salir del baño, se iba a encontrar a él. Gemina quedó de piedra, con la piel erizada y el corazón palpitándole desbocadamente. Dio un paso atrás. Augusto se veía pálido, con una mirada encendida de furia que jamás le había visto. Llevaba la corbata desarreglada y el cabello revuelto. Había perdido la presidencia. Gemina no necesitaba que se lo dijeran, el aspecto de Augusto se lo informaba. De pronto, el hombre la tomó del cuello y la empujó hacia la pared. Ella quiso gritar, pero estaba tan nerviosa que la voz se le quedó atascada en la garganta. Sintió por un momento que Augusto iba a estrangularla, pero suavizó su agarre. La veía fijamente, casi temblando de la furia. Gemina comenzó a llorar en silencio, las piernas le parecían cascabeles por el miedo. —Le dije que no interfiriera en mi camino —gruñó Augusto—, ¡¿por qué lo hace?! —gritó y ella soltó un sollozo—. ¡¿Por qué me traicionó de esta forma?! Reparó en la reacción de la joven. Gemina notó que su mirada dejó de ser de furia y se mostraba dolida. —Deje de interferir en mi camino —advirtió él, soltando su agarre del cuello y subiendo hasta tomarla de las mejillas, obligándola a mirarlo fijamente—. No voy a tener piedad con usted si vuelve a sabotear mis planes. Esta es la última oportunidad que le voy a dar, ya le he tenido demasiada paciencia. Sea astuta, Gemina, no querrá tenerme de enemigo. Ella comenzó a aumentar su llanto, temblando. Augusto soltó su agarre y la barrió con la mirada. —Deje de llorar —ordenó. Gemina llevó las manos a su boca, intentando calmarse, pero era imposible. Escuchó que Augusto soltó un largo suspiro. —Mire, si quiere que la deje en paz, usted no vuelva a meterse en mis asuntos —propuso Augusto, ahora con un tono mucho más tranquilo, pero severo—. Si vuelvo a enterarme que está ayudando a Roberto… —Se detuvo, generando un silencio punzante—. No creo que usted quiera averiguar lo que le sucederá. Augusto sacó de su chaqueta un pañuelo y empezó a limpiarle las lágrimas del rostro. —No permita que la vean llorar en público, deje de mostrarse débil —le dijo. Le entregó el pañuelo a la joven y él se acomodó la corbata, para después pasarse una mano por el cabello. Gemina aceptó con un tímido movimiento de cabeza. Augusto le dio una última mirada para después marcharse del baño. ❦❦❦ Aún no había entendido qué pasó. Lo único que le quedó claro es que Augusto enojado daba demasiado miedo. Tenía entre sus manos el pañuelo blanco que Augusto le regaló. Era la primera vez que la amenazaban y la consolaban al mismo tiempo. Recordarlo le generaba escalofríos. Nidia, a su lado, se estaba acomodando sus trenzas, observándose en un espejito de mano. —Cuando ese hombre se me acercó para preguntarme dónde estabas, por un momento creí que te iba a matar —le dijo la joven—, estaba tan furioso que creí que me iba a cortar la cabeza. —Volteó a ver a su compañera—. Pero si estás viva, es que no fue tan grave. Gemina respingó las cejas, observando el pañuelo. —Pero a qué costo sobreviví —confesó. —Antes creía que el doctor Augusto te molestaba porque estaba celoso —le dijo Nidia. —¿Qué? —Gemina volteó a verla, confundida. —Sí, es que mira, varias veces lo he sorprendido viéndote desde lejos, cuando hablas con el jefecito. Y se le veía molesto. Entonces se acercaba y empezaba a molestarte, creía que era su forma de llamar tu atención. Me recordaba a los niños pequeños, molestando a la niña que más les gusta. —Claramente él no gusta de mí, me odia, que es diferente —corrigió Gemina. —Ya me di cuenta de que estaba equivocada —aceptó Nidia—. Pero es que era un comportamiento muy sospechoso. Antes de que comenzaras a trabajar aquí, el doctor Augusto nada más nos visitaba una vez al mes, podía hacerlo cualquier día. Y no molestaba a ningún trabajador. O sea, él daba miedo, nadie quería hacerlo enojar, pero hacía sus paseos de terror en silencio. Y no fue hasta que entraste que empezó a llegar más seguido y siempre está preguntando por ti. —Es porque me tiene en la mira —comentó ella. Nidia dejó salir un largo suspiro y dejó el espejo sobre su escritorio. —Sí, qué terrible suerte te ganaste con él —comentó—. Yo habría renunciado hace mucho. Es que… el doctor Augusto da mucho miedo… —Tembló por los escalofríos—. Afortunadamente no ganó la presidencia, no soportaría tenerlo como mi jefe. En aquel momento Roberto salió de su oficina y llamó a Gemina con una sonrisa. —Oh… ahí está tu ascenso, amiga —la animó Nidia. El resto de sus compañeros empezaron a animarla subiendo sus pulgares cuando la vieron levantarse. —¡Suerte! —susurró Pedro al verla avanzar. Gemina, emocionada, entró a la oficina de su jefe. Él le señaló con una mano la silla para que se sentara y ella obedeció, inquieta y al mismo tiempo sonriente. —Lo felicito, doctor, por haber ganado la presidencia —dijo Gemina. —Muchas gracias —aceptó él, también sonriente—. No fue fácil, me hicieron muchas preguntas, pero pude responderlas todas. Los accionistas tienen altas expectativas con el proyecto. Quieren que empiece a trabajar desde ya en la aplicación, así que, apenas asuma mi cargo, debo concentrarme en trabajar. Y… es por eso que te pedí venir. Las manos de Gemina picaban por la ansiedad. —Te necesito como mi mano derecha —prosiguió Roberto—. Es por eso que he decidido que de ahora en adelante, serás ascendida a asistente de presidencia. La sonrisa de Gemina se borró de golpe. Roberto sonrió más ampliamente. —¡Lo sé, sé que no te imaginarías que yo te contemplaría para un trabajo tan importante! —le dijo él—, pero, Gemina, con este proyecto que construimos, noté todo el potencial que tienes, la gran carrera que puedes hacer en esta compañía. No quiero que tu potencial se pierda siendo nada más una editora. Se levantó y rodeó la mesa de escritorio, recostándose en ella al estar en frente de Gemina y la tomó de las manos. —Te necesito a mi lado, liderando conmigo el proyecto. Hacemos un gran equipo. Ahora eres mi mano derecha. Gemina sintió un mal presentimiento. Tragó saliva. Roberto notó su confusión y borró su sonrisa lentamente. —¿Qué? ¿O no quieres el cargo? —le preguntó, soltándole las manos. —No es eso, doctor… —Creí que te iba a emocionar, que estarías feliz al darte toda mi confianza y querer que estuvieras más cerca. Tomé esta decisión con tan buenas intenciones, para que puedas lograr tener un mejor cargo, que se reconozca tu potencial… Gemina sacudió la cabeza. —No, lo siento, doctor, yo sé que usted quiere lo mejor para mí… —trató de explicarse. —No, ya veo que a ti no te gustó la noticia —replicó él, volviendo a su silla—. Puedo entregarte el puesto de editora en jefe, como te prometí. Porque yo cumplo mis promesas, te di mi palabra de darte un ascenso y eso haré. Se creó un silencio incómodo en la oficina. Gemina sentía un nudo en su garganta. Apenas le bastaba con ver fijamente a su jefe para entender que estaba intentando manipularla emocionalmente. Y, aunque él le estuviera ofreciendo el cargo de editora en jefe, sabía que no podía aceptarlo, pues Roberto la quería como su asistente. Quería hacerle ver aquel puesto como un ascenso, pero era una verdad evidente que se trataba de una degradación. La estaba degradando a asistente. La iba a utilizar como una máquina que le ejecutara todo el proyecto. Qué tonta había sido. Cayó en la trampa de Roberto y ahora no podía salir. ❦❦❦ El señor Carlo fumaba su habano en silencio, pensante. Del otro lado estaba Augusto, observando por el gran ventanal el paisaje de la ciudad. —Como te digo, papá, no hizo el proyecto —informó Augusto—, se lo hicieron. —¿Y sabes quién fue la persona que lo creó? —preguntó el hombre, dejó salir el humo de sus pulmones. Augusto volteó a ver al hombre sentado en el sillón. —Claro que sí, la he investigado —respondió. —¿Y qué estás esperando para quitársela a Roberto? —le cuestionó su padre. Augusto llevó una mano a su barbilla mientras avanzaba lentamente hacia su padre. La luz grisácea que entraba por los grandes ventanales de las oficinas creaba largas sombras que escalaban por las paredes. El joven se sentó en un sillón mullido en cuero n***o frente al señor, atento al consejo que él le iba a dar. —Si ya descubriste la debilidad de Augusto, debes atacar —explicó el señor Carlo, le dio una calada al habano y dejó salir el humo lentamente—. Roberto no puede llevar a cabo el proyecto que presentó. Si bien es un proyecto ambicioso, en las manos de él es sumamente peligroso, tomará malas decisiones y pondrá en peligro a la compañía. Sin embargo, si fue capaz de conseguir que alguien le hiciera un proyecto tan bien elaborado, puede hacer que esa persona lo ejecute y eso es aún más peligroso. Si sigue teniendo esta herramienta dentro de la empresa, podría aferrarse a la presidencia. Y tú, te quedarías sin nada. —El problema es que quien elaboró el proyecto es una editora y él la ha sabido manipular —comentó Augusto. —¿Y no te sientes capaz de hacer que ella lo traicione? —No, no es eso… —trató de explicar. —Augusto, acabas de perder la presidencia, Roberto arrasó contigo en frente de toda la junta accionista —regañó el hombre con tono suave, pero severo—. Te humilló con un proyecto que ni siquiera era suyo. En este momento no tienes nada. No eres nada. ¿Vas a permitir que un ignorante como Roberto te robe lo que es tuyo de nacimiento? Augusto hizo silencio, inclinando la mirada. —Enfócate en acabar con Roberto, quiero que lo destruyas. Y no te limites en lo que debas hacer para que esa mujer se aleje de él. Si debes destruirla, hazlo —ordenó Carlo. —Ella sería más útil si estuviera de mi lado —declaró Augusto, volviendo a mirar a su padre—. Su proyecto fue excelente, si puedo hacer que trabaje para mí, podría sacar adelante el proyecto y mucho más. Carlo sonrió, complacido por la respuesta de su hijo. —Muy bien, entonces, descubre qué hizo Roberto para conquistarla —le aconsejó—. Encuentra su punto de quiebre. Ofrécele dos veces más de lo que Roberto le está dando. Necesitamos que ella sea quien lo destruya a él. Haz que nos entregue su cabeza. Augusto aceptó con un leve movimiento de cabeza y sonrió, complacido por el consejo de su padre.
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