Gemina hizo un considerable silencio. Observó los altos edificios que los rodeaban: el imperio Urriaga, la compañía editorial más importante a nivel mundial.
Augusto había nacido para gobernar, todos lo daban por hecho, pues su padre era el actual presidente. Sin embargo, Roberto, al ser parte de la familia Urriaga y uno de los accionistas mayoritarios, tenía derecho a luchar por la presidencia ahora que el puesto iba a quedar vacante por la jubilación del señor Carlo Urriaga.
Gemina pensaba hasta dónde podía llegar Augusto para que no le arrebataran lo que merecía por nacimiento. Sabía que era un hombre poderoso, pero no podía dimensionar hasta qué punto, pues ella apenas lo conocía como un escritor y alto ejecutivo. Sin embargo, sabía que ello apenas era una fachada, su poder debía ser inmenso, con una profundidad oscura y dimensional.
Lo presentía, podía verlo cuando los altos ejecutivos le abrían espacio en los pasillos, al estrecharle la mano con respeto. Incluso lo podía notar en su jefe Roberto, cuando discutían, se iba por los laterales y nunca le decía lo que realmente pensaba.
¿Quién era realmente Augusto Urriaga?, ¿qué podría pasar si ella se negaba a sus peticiones? Y lo más importante: ¿qué tan peligroso era tenerlo como enemigo?
—Por favor, señorita Gemina, no lo piense tanto, tome el camino correcto —le dijo él—. Haga las cosas bien, no siga cometiendo más errores.
La respiración de Gemina se volvió profunda.
—A mi lado usted tendrá el camino libre para hacer una próspera carrera laboral —siguió diciendo Augusto—. Incluso, podría llegar a obtener el puesto de editora en jefe. Demuéstreme que es honesta y que puedo confiar en usted, que le importa esta compañía.
Gemina tragó saliva.
—Lo que pasa, doctor, es que yo no puedo hacer lo que me está pidiendo —le dijo, evitando su mirada—. Porque yo no tengo en mis manos el proyecto que presentará el doctor Roberto. Además… si lo tuviera en mi poder, lo que usted me pide es traicionarlo, y yo no soy ninguna traidora, le soy fiel a mi jefe.
Cuando volvió a verlo, su piel se erizó por la mirada fría que le mostraba. Todo el rostro de Augusto era seriedad, hostil, casi calculado, como si acabara de catalogarla como enemiga.
Augusto se puso en pie y le entregó el libro.
—Así que seguirá mintiendo y protegiendo a su jefe —comentó, con la mirada fija en ella.
Gemina quería dejar de verlo, pero su mirada profunda la obligaba a hacerlo, haciendo que su cuerpo se estremeciera.
—Espero que no se arrepienta de su decisión, Gemina —advirtió—. Porque pagará caro su decisión.
Y Augusto se fue.
Ella quedó ahí, congelada, sin poder respirar, rodeada de un silencio sepulcral.
Se preguntaba… si él acababa de amenazarla.
❦❦❦
Roberto había visto por una ventana que Augusto había hablado a solas con Gemina. Y no fue el único que los pudo observar, a su lado estaba Isaías, el director financiero, quien, si él ganaba la presidencia, se convertiría en su vicepresidente.
Estaban en la oficina de Roberto, preocupados y hablando sobre lo que acababan de ver.
—Esto no me gusta —declaró Isaías—. No me gusta para nada que Augusto tenga esa obsesión por Gemina… —Tenía en sus manos una pelota antiestrés que pasaba de una mano a otra—. Hermano, es que… ¿qué quiere de ella? ¿Por qué la persigue tanto?
Roberto caminaba en círculos, con las manos en la cintura.
—¿Acaso no es obvio? Sabe que ella es la que está detrás de todo esto, sabe que, si me la quita, me deja desnudo —explicó—. Está intentando que ella me traicione, que no permita que yo presente el proyecto.
—Bueno, pero Gemina ya te entregó el proyecto, hasta te redactó todo un guion —recordó Isaías—. No, hermano… Augusto no busca nada más que Gemina te traicione. Él tiene un plan entre manos.
Roberto se detuvo en seco y miró fijamente a su amigo, preocupado.
—Esto no me gusta para nada… —repitió Isaías.
—Pero… ¡¿qué es lo que planea?!
—Eso solo lo sabe Gemina —dijo Isaías, apretando la pelota con fuerza—. Maldita sea, ¿cómo vamos a saber si ella aceptó o no la propuesta que él le hizo?
—No, Gemina no lo haría —Roberto negó con la cabeza—. Ella le tiene miedo, él ha pasado años molestándola.
—Hermano, ¿usted se ha fijado en Gemina? ¿Ha visto los libros con los que ella se pasea por los pasillos?
—¿A qué te refieres?
—Esa mujer lee los libros que ese idiota ha escrito, lo admira en secreto. —Aventó la pelota con fuerza a una pared, para después atraparla en el aire—. Una cosa es que él no lo sepa y la trate mal. Es que, solo se necesita que él le hable bonito para que ella caiga rendida a sus pies. —Señaló a Roberto con una mano—. Tú contaste con suerte, porque seguramente ella entró a esta empresa creyendo que se lo iba a encontrar a él como jefe, pero no, a quien vio fue a ti y se conformó.
Roberto llevó una mano a su barbilla, pensante.
—Pero eso no va a pasar, no permitiré que él se quede con ella —aseguró—. No permitiré que ella me traicione.
—Pues ve preparando un buen plan, porque necesitamos que ella nos siga siendo fiel, al menos, hasta que tú ganes la presidencia.
❦❦❦
Era temprano por la mañana, Gemina acababa de llegar a la empresa y limpiaba su escritorio como era costumbre antes de empezar a trabajar.
Vio que su jefe se acercaba a ella con una sonrisa, como de costumbre.
—Buenos días, doctor —lo saludó.
—Buenos días, Ge —contestó él y la quedó observando—. ¿Sabes qué día es hoy?
—Sí, es martes —contestó ella.
—¿Y sabes lo que sucederá el viernes a primera hora?
Gemina inspiró hondo y aceptó con un leve movimiento de cabeza.
—Sí, será el día en que se reúna la junta accionista y elijan un nuevo presidente.
Roberto volvió a sonreír y le acarició el cabello a Gemina, observando detenidamente lo castaño que era y el poco brillo que tenía, completamente recogido en un moño apretado.
—Será el día en que tú y yo por fin estaremos a salvo de Augusto —le dijo él—. Es por eso que necesito de tu completa fidelidad y no me ocultes secretos.
La joven negó rápidamente con su cabeza.
—No doctor, yo jamás le ocultaría a usted algo.
—Muy bien —Roberto bajó su mano hasta su barbilla e hizo que le viera fijamente—. Entonces quiero que me cuentes qué fue lo que hablaste con Augusto ayer.
—Ah… —Gemina se acomodó los lentes con nerviosismo—. Él me descubrió leyendo uno de sus libros. —Dejó salir una risita llena de vergüenza—. Y… después me propuso… eh…
—Gemina, ¿qué fue lo que te dijo? —Apretó el agarre en la barbilla de la chica.
—Este… es que quería saber si yo era quien había escrito el proyecto que usted iba a firmar. Pero se lo juro, doctor, yo no le dije absolutamente nada. Le aseguré que yo no tenía ni idea de qué se trataba su proyecto, que no estaba en mi poder.
Roberto alejó la mano de la chica, dubitativo.
—¿Nada más quiso saber eso?
—Sí, doctor, nada más —respondió ella.
Gemina no era tonta, sabía que no podía contar verdades absolutas. Estaba en medio de una guerra sangrienta, si iba a rodar una cabeza, no sería la suya.
—Doctor, cuídese mucho —le advirtió—. Yo no conozco mucho al doctor Augusto, pero por lo poco que he podido investigar, sé que nadie quiere ser su enemigo. Usted debe conocer mejor que nadie hasta dónde llega el poder que tiene él y lo que puede pasar cuando decide atacar.
Roberto se cruzó de brazos, tranquilo.
—Augusto no es el único que tiene poder, Gemina, recuerda que yo también soy un Urriaga.
Y se marchó, con toda la confianza que únicamente él podía manifestar.
Gemina soltó un largo suspiro, nerviosa. Empezaba a presentir que había cometido un error, que se había quedado en el bando equivocado.
Roberto estaba construyendo un castillo de naipes que pronto se iba a derrumbar. Y ella iba a caer con él.
Frotó su rostro con estrés y después mordió con fuerza su labio inferior.
❦❦❦
Gemina apenas había logrado dormir una hora. Su sangre había sido reemplazada por café. Y su pulso llevaba toda la mañana alterado, temblando.
Pero no era la única nerviosa. Toda la compañía se encontraba en vilo, con el aliento pesado.
Era el día en que se elegiría al nuevo presidente de la compañía.
Desde su pequeño cubículo se podía ver el desfile de altos ejecutivos que se dirigían a la sala de juntas.
Todos los editores estaban de pie, observando cómo iban llegando uno a uno, gracias a que la pared de cristal les permitía ver el pasillo.
Gemina intentaba mostrarse profesional, que la situación no la tenía alterada, pero por momentos alzaba la mirada para poder observar el pasillo.
Entonces, cuando logró notar que Augusto estaba llegando, de un impulso se puso en pie, con el corazón acelerándose con cada segundo que pasaba.
—¡Ay no… ahí está él! —escuchó al fondo a una de sus compañeras, Nidia—. No, Dios, ojalá que él no gane. Qué miedo…
Augusto iba custodiado por su séquito de ejecutivos que confiaban en que él sería el próximo presidente del imperio Urriaga.
A Gemina le pareció que se veía más imponente que nunca, vestido completamente de n***o.
Nidia se acercó a Gemina y la tomó de un brazo.
—Míralo… qué miedo, parece la mismísima muerte —le dijo.
Las manos de Gemina no dejaban de temblar; las llevó a su pecho, intentando controlarse.
Definitivamente se había equivocado de bando. Aunque Roberto ganara la presidencia, lo que Gemina estaba entendiendo era que, aquel hombre de n***o no se iba a rendir, iba a destruirlo hasta lograr quitárselo del camino. Y tampoco iba a tener piedad con los aliados de Roberto.