El prodigio en la sombra

1705 Palabras
Roberto tomó las manos de Gemina y las apretó por un momento, la veía fijamente, algo que la hacía suspirar. —Pero yo no me enfrentaré a ese gigante solo —le dijo—, te tengo a ti. Tú eres mi escudo. —Le sonrió ampliamente—. Hacemos un gran equipo, ¿no lo ves? Gemina empezó a sonreír con timidez, pero por dentro su corazón palpitaba con fuerza por la emoción. —Tú eres mucho más inteligente con él —aseguró Roberto, acercando su rostro a la joven—. Has creado un excelente proyecto. Eres incluso mucho mejor que Augusto. Estoy seguro de que a él no se le habría ocurrido nunca algo tan revolucionario para la compañía. Mucho menos tiene los contactos de grandes escritores como Laura Oliguera para encabezar el proyecto de márketing para su proyecto. —Le dio un beso a una de las manos de Gemina—. Es por eso que no te voy a defraudar, me pondré a la altura del proyecto que hemos creado. Lo defenderé con la fiereza necesaria. La observó fijamente a los ojos con intensidad y soltó un suspiro. —Gemina, por favor, necesito que redactes un guion detallado de todo el proyecto, con las preguntas posibles que puedan hacerme en la presentación. Tú eres la única que puede entrar en la psique de Augusto. Necesito que seas lo más detallada posible. La joven aceptó con rápidos movimientos de cabeza. —Claro que sí, doctor, cuente con mi ayuda. No lo voy a defraudar. Roberto le dio un beso en la frente y le acarició las mejillas suavemente con sus manos. —Muchas gracias, Ge, sé que puedo confiar ciegamente en ti —le sonrió nuevamente y dejó salir un suspiro—. ¿Cuánto te tardarás en entregarme el guion? Recuerda que estamos contra reloj y necesito aprenderme cada palabra que escribas. —Empezaré a trabajar con él hoy mismo. Intentaré que no se demore más de tres días. —Muy bien, intenta sacarle el tiempo, por favor, esto es prioridad. Pero recuerda, es nuestro secreto, ni una sola palabra a alguien. —No se preocupe, doctor, eso lo tengo más que claro. La puerta de la oficina se abrió de golpe. Aurora se detuvo en seco al encontrar a su prometido tan cerca de su empleada. —Amor —saludó Roberto con naturalidad. Gemina retrocedió rápidamente, haciendo remolinos con sus dedos índice. —¿Qué hacen encerrados en la oficina? —preguntó Aurora. —Amor, estaba hablando con Gemina sobre el avance de las propuestas editoriales para los nuevos escritores —mintió Roberto con naturalidad, se reincorporó del escritorio y se acercó a su prometida—. ¿Qué está pasando por esa cabecita? —Volteó a ver a Gemina—. ¿Qué haces ahí parada? Ve a trabajar. —Sí, señor —aceptó la chica y salió rápidamente de la oficina. Cuando Aurora se vio a solas con su novio en la oficina, se alejó de él, furiosa. —Últimamente pasas demasiado tiempo a solas con esa editora —le dijo y se sentó en el sillón donde antes Gemina estaba sentada y se cruzó de piernas. —Ay, por favor, amor… —Roberto se recostó en el escritorio, frente a ella—. ¿Estás desconfiando de mí? ¿Crees que podría haber algo entre Gemina y yo? —No tanto por eso, te conozco bien y sé que jamás te fijarías en alguien como Gemina. Al menos, no de la forma en que hiciera que me traicionaras con ella. Pero sé que sí te puede interesar de otras formas. Roberto puso los ojos en blanco y después soltó una risita. —A ver, según tú, ¿cómo puede interesarme? —Gemina es la mejor de tus editoras, incluso hace mejor que tú el trabajo de editora en jefe. Todos saben que ella es la que lidera este sector —comentó Aurora, provocando que su novio dejara de sonreír—. ¿O por qué crees que Augusto la persigue tanto? Si tú no la hubieras atrapado primero, Augusto hace mucho se la habría embolsillado. —¿A dónde quieres llegar con todo esto? —Augusto está asegurando que ella está elaborando el proyecto que presentarás a la junta —dijo Aurora. Él comenzó a reír y negaba con la cabeza. —¿Crees que no soy lo suficientemente listo como para elaborar mi propio proyecto? —Creo que eres lo suficientemente listo como para reconocer las habilidades de tus empleados y usarlos para tu propio beneficio —aclaró la mujer—. Pero no te confíes tanto, Gemina puede parecer inofensiva, pero estoy segura de que boba no es. Ten mucho cuidado, si se da cuenta que estás jugando con ella, podría tomar cartas en el asunto. Roberto apretó los labios con fuerza. —Yo no la estoy usando, Aurora, por favor, jamás utilizaría tácticas tan sucias. Si voy a ser el próximo presidente de esta compañía, lo haré limpiamente. Ella lo observó con severidad. —Ojalá y estés siendo sincero —le dijo—. Y espero que Augusto se esté equivocando. Aunque, muy para mi pesar, es el hombre más sensato que he conocido. Su novio soltó un bufido. —Idealizas a Augusto, como siempre. Parece que estuvieras enamorada de él… —Simplemente espero que eso no sea cierto, Roberto —lo interrumpió—, porque sería una jugada muy sucia de tu parte. Se levantó del sillón y lo observó con severidad. —Pero si lo estás haciendo, al menos espero que seas precavido —le advirtió—. La genialidad de Gemina es igual de proporcional a su astucia. —Empezó a caminar a la entrada, pero por un momento volteó a verlo—. Ah, y al menos sé cuidadoso con lo que haces. Augusto ya está sospechando de ti, el más mínimo error y te cortará la cabeza en plena junta. —¿Es que acaso no confías en mí? —la cuestionó, herido. —Lo hago, amor, pero conozco a Augusto. Tú le estás intentando quitar el trono que él cree que merece por nacimiento. —Aurora soltó un largo suspiro—. Pareciera que no conocieras a tu primo. Todos saben que tenerlo como enemigo es condenarse al infierno. Y con esto, la mujer salió, dejando a su prometido con el corazón palpitándole en la garganta. ❦❦❦ Faltaban pocos días para la junta. Gemina descansaba después de haberle entregado la presentación a su jefe. Roberto se encontraba histérico, fijándose con lupa en el más mínimo detalle y la tuvo trabajando hasta en la noche. Pero por fin tenía un espacio para descansar y comer algo. En este caso, un pequeño sándwich, sentada bajo un enorme árbol que estaba en el patio de la editorial, donde se encontraba un pequeño jardín. Estaba terminando de comer y leía su novela favorita: “Los reflejos en el agua”. Era la última novela que había publicado A. Oliguera y que no fue concluida, pues todo indicaba que el escritor quería crear una saga. Gemina lo leía una y otra vez, creando escenarios mentales de qué pudo haber pasado. Esto la obsesionaba incluso por las noches. Leía la última página, concentrándose en el último párrafo que intentaba dar pistas. Lo tenía lleno de marcas, resaltando palabras, subrayando oraciones y dejando sus propios comentarios. Se encontraba tan concentrada que no sintió cuando alguien se acercó a ella. —Definitivamente usted no es fea, sino que está mal arreglada —escuchó. Esa voz. Esa forma de referirse a ella… Alzó la mirada, ruborizándose al descubrir aquellos ojos grises sobre ella. Intentó esconder la portada del libro con sus manos, pero Augusto ya lo había visto y le sonreía con satisfacción. —No lo esconda, yo lo he sabido desde el primer día que la vi —comentó mientras se sentaba al lado de ella. Tomó el libro y empezó a pasar las páginas—. Es una fan encubierta. —La barrió de pies a cabeza—. Esconde su fanatismo, así como esconde su figura debajo de tantas capas de ropa. Gemina aquel día se había cambiado con un vestido azul oscuro, le llegaba por debajo de las rodillas y tenía mangas largas, aunque era ceñido en la cintura y el busto. Los labios de Gemina temblaron y el último bocado de sándwich pasó lento por su garganta. Estaba tan nerviosa que sabía que debía tener todo el rostro rojo. Y Augusto la veía fijamente, como si quisiera encontrar alguna respuesta. —¿Por qué una persona como usted le es tan fiel a Roberto? Por más que lo pienso, no encuentro la respuesta. —Es un buen jefe, a diferencia de usted, él me trata bien —contestó la chica, intentando mantenerle la mirada, pero no lo logró, tuvo que desviarla. Augusto enarcó una ceja, para después soltar un largo suspiro. Volvió la mirada al libro. —Si era seguidora mía, ¿por qué decidió trabajar en esta sede? —preguntó él—. Tuvo que haber buscado trabajo en la sede sur. Gemina volteó a verle, sintiendo un pinchazo de rabia. —El que haya leído sus libros no quiere decir que lo estuviera persiguiendo —mintió. —Por favor, sea honesta, eso no se lo cree ni usted misma. La rabia en Gemina incrementó. ¿Quién se estaba creyendo? —Si hubiera ido directamente a mí, la historia habría sido diferente —dijo Augusto. —Eso lo tengo claro —reconoció Gemina—. Usted no me habría dado el trabajo. Ahora era el turno de reír para Gemina. Augusto la observó con rostro serio, y al parecer, hasta algo incómodo. —A ver, Gemina, intentemos hacer las cosas bien —propuso Augusto—. Sé que usted y yo no nos hemos podido llevar bien. Pero si usted colabora, yo también lo haré. —¿Y qué quiere a cambio? —Lo único que le voy a pedir es que impida que su proyecto llegue a manos de la junta directiva. A cambio, cuando yo asuma la presidencia, le permitiré mantener su puesto como editora.
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