Apartó mi cara de la suya, rompiendo mi fiero abrazo con facilidad, probablemente, sin darse cuenta siquiera de que yo estaba empleando toda mi fuerza. Gemí. —¿A qué se debe esto? —pregunté luego de separarnos—. ¿Por qué siempre es lo mismo? Una sonrisa divertida adornó su rostro, —Perdona, no he querido hacerte sentir mal. —Siempre que sucede esto me siento mal, es como si no quisieras besarme… —No digas eso, claro que no es así —respondió—. Solo es cuestión de autocontrol. —Autocontrol —balbuceé. Y como siempre, mi madre apareció salvando el día. —¡Oh, hijo, te has despertado! ¿Descansaste? —Mi novio, sonriente, asintió. —Acá les traigo unas galletas y toddy —informó mi madre, colocando todo sobre el comedor. Jesús se sentó frente a mí y se quedó mirándome por unos largos minutos.

