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Un tonto enamorado

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Descripción

Suzie Mackey vive al ritmo del rock: es guitarrista de una banda que va en ascenso, noches de excesos y decisiones impulsivas. Todo cambia cuando una broma radial del Día de los Inocentes desata una batalla de bandas que podría lanzar su música al estrellato.

Quade Armstrong, es el atractivo desconocido con quien compartió una noche de pasión, quién regresa insistentemente al no aceptar que fue cosa de una sola vez. Además, trae la oportunidad de grabar, competir y, sobre todo, una química imposible de ignorar. Mientras se infiltra como roadie y técnico improvisado, Suzie debe lidiar con un ex que sigue siendo su mejor amigo (y un poco celoso), padres opuestos y la tentación de algo más que sexo casual.

Entre ensayos caóticos, peleas familiares y canciones que nacen del caos que lleva dentro, Suzie debe enfrentar una difícil elección: seguir huyendo del compromiso o arriesgarse a escribir una historia real con el hombre que no deja de aparecer en su vida y que desestabiliza su caótico mundo.

Una recopilación de novelas cortas cargadas de romance, disfruta cada una de ella por que las escribí con mucho amor.

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Capitulo 1
Suzie se dio la vuelta y miró la hora con el único ojo que se atrevió a abrir. Había sido una noche importante, y se lamentaba pensando en tener que ir a trabajar. Había prometido intentar ser puntual esta semana, pero la belleza de trabajar para su padre significaba que él la perdonaba por cosas que jamás habría podido hacer si trabajara para otro. Era poco fiable, como mucho, y habían acordado que solo ayudaría a su recepcionista cuando pudiera, en lugar de ser la recepcionista del taller mecánico. Ella lo había decepcionado, lo sabía, y él también, pero en lugar de insistir en el hecho de que él había llegado a la conclusión de pagarle solo por el tiempo que podía dedicarle. Dependía de ella cuánto trabajara. Él podía vigilarla y darle unos dólares, y ella consiguió su independencia y la vida que deseaba. Aun así, había prometido venir temprano para el inventario, así que se levantó de la cama y caminó lentamente por la vieja alfombra desgastada hasta el baño, ignorando el bulto de tamaño humano al otro lado de la cama. Al menos, había vuelto a casa, a su cama, en lugar de despertarse en territorio desconocido. Se duchó y se puso unos vaqueros bastante limpios, tras echarles un vistazo rápido y olerlos, y luego empujó el bulto en la cama. Dos brazos enormes la alcanzaron y ella se alejó bailando con destreza. —Tienes que irte, tengo que ir a trabajar —dijo en voz alta, tirándole una almohada. Lo vio gruñir y sentarse, frotándose la cara y pasándose las manos por el pelo enmarañado. —Pensé que la banda era tu trabajo —dijo confundido—. Nunca pensé que fueras una chica de nueve a cinco. —Sí, bueno, todos tenemos que comer —se encogió de hombros. Recogió sus pantalones del suelo y se los arrojó—. Tienes que irte —repitió, dejando que la irritación le impregnara la voz. —¡Espera! ¿Oíste eso? —preguntó ladeando la cabeza y girándose para mirar el radio reloj. El equipo de la mañana acababa de llegar justo cuando eran las seis. —Sí, es un radio reloj, me gusta escuchar música de vez en cuando por las mañanas —contestó él—. Este tipo se estaba volviendo muy molesto. Y qué si a ella le gustaba despertarse con su radio reloj; no a todos les gustaba el estridente sonido del teléfono como despertador. —¿No oíste lo que dijeron? —se dejó caer de nuevo en la cama, rodando boca abajo, mirando el reloj. Extendió la mano para subir el volumen, alterando la sintonía de canales, pero rápidamente lo volvió a poner donde estaba antes de encontrar la rueda de volumen. —Mierda, ese incendio debió ser tremendo si destruyó toda la música y el equipo. Deberías bajar allí —dijo él con entusiasmo. —¿Qué? —ella negó con la cabeza sin entender lo que decía. —¡Escucha! —casi le gritó. —Un incendio anoche destruyó la estación. Estamos al aire gracias al esfuerzo excepcional de nuestros equipos de soporte técnico y del increíble Lukey McQ. La música en vivo será la única salida a este desastre. Si tienen una banda medianamente decente, vengan y salven el día y la estación —dijo la locución en la radio. —Deberías hacerlo. Escapa del trabajo y ve allá. Llama a tus chicos y despiértalos de una vez, ¡son lo máximo! —dijo él, incorporándose para mirarla. Sabía que debía ir a trabajar como había prometido, pero le parecía una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar. Tomó el teléfono para llamar a Harry y Eks. Dejó un mensaje, consciente de que no habría forma de que estuvieran despiertos a esa hora de la mañana. Suspiró sabiendo que era imposible que su banda llegara a tiempo, pero tal vez otras bandas pensarían lo mismo. Su mente daba vueltas a las posibilidades hasta que el chico volvió a hablar. —¿No tuviste suerte? Podrías ir a despertarlos —sugirió. —Mira —se esforzó por encontrar su nombre en sus recuerdos de la noche anterior, pero no pudo—. Tengo que ir a trabajar y tratar de sacarles algo de sentido a esos tipos tan temprano es imposible. No es que nos estemos perdiendo el Gran Concierto ni nada parecido. Pero podría ser. ¿Te imaginas si aparecieran diez o veinte bandas? Esto podría ser increíble, más que increíble. ¡Podría ser épico! El chico no se detuvo. —Sí, bueno, no somos exactamente una banda de covers, y tengo que ir a trabajar, así que tú tienes que ir —dijo como si no le importara estar perdiendo la oportunidad de su vida. —Voy a echarle un vistazo. Te envié una solicitud por f*******:. Agrégame y si es la mitad de bueno de lo que creo, te escribo —sugirió y se levantó para finalmente ponerse la camisa. Ella supo al instante por qué lo había traído a casa la noche anterior. Alto y atlético, no era ni muy musculoso ni demasiado delgado. Estaba increíblemente atractivo mientras buscaba su camisa. Al darse cuenta de que lo observaba, sonrió como si le leyera el pensamiento y ella fue a recoger su camisa y se la lanzó, mirando su teléfono mientras abría f*******: en lugar de admitir que lo había estado mirando. La radio anunció la llegada de la primera banda de la mañana y la música empezó a sonar áspera y distorsionada por los diminutos altavoces del radio reloj. Presionó el botón para aceptar la solicitud de amistad de Quade Armstrong. Bueno, al menos ahora sabía su nombre, sonrió. —Voy para allá. Que te diviertas en el trabajo —anunció Quade, caminando hacia ella y la puerta. La rodeó con un brazo y la atrajo hacia sí mientras la besaba—. ¿Nos vemos aquí a las seis? —¿Qué? ¿Por qué? —balbuceó ella, empujándolo en el pecho para alejarse de él. —Íbamos a comer algo antes de ir a casa de Eks y Harry —le recordó. —¿Íbamos? —preguntó ella sin recordar haber hecho planes con él. —Claro, te veré a las seis —reiteró y salió por la puerta antes de que ella pudiera cancelar sus planes. Suzie bajó tras él, preocupada por haber bebido tanto que no recordaba haber hecho planes con la banda, y mucho menos con este Quade. Sí, admitía que bebía demasiado, con demasiada frecuencia, pero nunca antes había tenido problemas de memoria. Bueno, a veces le costaba recordar los nombres, pero solo porque no le importaba lo suficiente como para recordarlos; rara vez los veía después de una noche. Él se giró al pie de las escaleras, se inclinó para besarla de nuevo y luego corrió hacia un coche aparcado más abajo en la calle, que ella supuso que era suyo. Condujo al trabajo escuchando el programa de radio matutino que había sufrido las devastadoras pérdidas del incendio que destruyó su edificio. Otra banda terriblemente incompetente apareció, haciéndola sentir estremecida, y los locutores los interrumpieron rogando por talentos que los ayudaran. Quizás debería haber ido a despertar a los chicos. Demasiado tarde, pensó al entrar al taller y ver la expresión de incredulidad y felicidad en el rostro de su padre. —No pensé que lo lograrías con la estación de radio incendiándose y el llamado a músicos serios saliendo al aire —se rió su padre mientras ella entraba a la oficina. —¿Tú también? —se quejó Douggy, el aprendiz de mecánica—. ¿Nadie mira la fecha? Si esta estación se incendiara, apenas tendrían transmisión en vivo. Tendrían suerte si pudieran conseguirla desde otra estación. No puedo creer que te la tragaras. —¿Estaría aquí si hubiera una oportunidad para que mi banda saliera al aire? —respondió Suzie con altivez—. No seas tan imbécil. —Bueno, caí en la trampa —anunció su padre—. Pensé que seguro estarías allí, así que le pedí a tu madre que viniera a ayudar. —¡Dios mío, no! Papá, dime que no lo hiciste —dijo Suzie, y fue a recoger su bolso, que había tirado sobre el gran escritorio. —¡Día de los inocentes! —se rió entre dientes a carcajadas. —Deberías haber visto tu cara —jadeó Douggy entre carcajadas—. Fue increíble —volvió a reír y le dio un "choque de manos" a su jefe. —Este va a ser un día muy largo —gimió Suzie y se dejó caer en la silla, inclinándose hacia delante y golpeándose la cabeza contra el escritorio.

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