Hacía un frío tremendo. Me temblaba todo el cuerpo y sentía espasmos en la espalda con cada temblor. Intenté levantar la cabeza, pero el dolor me recorrió la columna. Me recosté e intenté abrir los ojos. Había luz, pero no una luz opresiva. Poco a poco, volví a concentrarme y miré a mi alrededor sin darme cuenta. La luz entraba a través de un conjunto de cartón y madera que me rodeaba. Un lado parecía un palé con una serie de cajas de cartón aplanadas entretejidas entre sus listones. Tenía una manta verde rota encima. Intenté levantar las manos temblorosas, pero un dolor aún mayor me atravesó la espalda. La manta olía fatal, como el interior de una zapatilla mojada. Levanté la cabeza lo suficiente para ver las manchas blancas, obviamente excrementos de pájaro, que salpicaban la manta. Me

