Capítulo 6 — Querido Amante…

1476 Palabras
Ambos, Bastián y Marcus, eran todo lo contrario el uno del otro, como el Ying y el Yang, el lado bueno y el lado malo. Y aunque Bastián arrastraba a Carmen hacia la oscuridad, como un pecado, como una tentación o una adicción, como el fruto prohibido que la llevaba hacia el lado malo, aun así, le era difícil tener que dejarlo. — ¿Qué dices?, puedes huir conmigo esta misma madrugada, si quieres, cuando termine la fiesta y todos se hayan ido, yo te esperaré afuera… — Insistió Marcus al verla dubitativa. — Yo… No lo sé… — Carmen se separó, tragando grueso, para sostenerse del pasamanos del balcón, viendo nuevamente el paisaje, pensativa. — Esto es muy repentino, tú mismo lo dijiste, hace mucho que no nos veíamos y ahora… Todo esto es… Ni siquiera me lo creo… — No te estoy mintiendo, Carmen, y entiendo que tengas tus dudas, pero… Si desconfías podemos hacer un contrato… — No, es que… No sé trata de eso… — Lo interrumpió Carmen, sintiendo como su corazón saltaba, pues ni ella misma sabía qué pensar de toda esta repentina situación. — Lo sé, lo quieres y por eso no puedes dejarlo, pero quizás ya sea momento de que pienses un poco en ti, en tu futuro, ¿o te ves criándole los hijos a mi tío y a su esposa mientras tú te envejeces sola? — ¡No!, ¡por Dios!, ¡no! — Voceo Carmen ante esa repentina y lúgubre imagen. — No podría soportarlo… — No digo que te quedes conmigo para siempre, si no te sientes a gusto más adelante puedes hacer tu vida, yo no te encerraré, ni te obligaré a nada… — Comentó Marcus y Carmen sintió un pinchazo ante ese comentario. — Escucha, no sabemos lo que sucederá en el futuro, pero… Hoy la vida nos ofrece una oportunidad, piénsalo. Carmen seguía mirando el paisaje, se miró las manos que apretaban la barra de metal del pasamanos con fuerza, se miró a sí misma y su uniforme de sirvienta, pensando en todo lo que había tenido que pasar. Pensando en el hombre del que terminó enamorándose, Bastián Hidalgo, y que eso nunca debió haber sucedido. — Lo pensaré, lo prometo… — Carmen inhaló profundo, intentando recuperar la compostura, para luego enfrentar a Marcus, deteniéndose frente a él. — Tienes razón, en todo lo que dices, solo que tengo algo de miedo, pero… ¿Puedo tomarme unos días para pensarlo y luego llamarte? — ¡Claro! — Marcus asintió más animado, sacando un bolígrafo del bolsillo del traje para anotarle su número a Carmen y luego, cuando estuvieron más tranquilos, ambos decidieron volver a la fiesta. Parecía que la conversación con Marcus y su compañía le había hecho mucho bien a Carmen y la hacía sentir más a gusto, pues al volver al salón principal, se sonreían cómodamente el uno al otro, hasta que en un pasillo, una oscura figura se atravesó frente a ellos. — ¿Dónde car@jos estaban? — Gruñó Bastián, mucho más alterado que antes. — Tío, solo caminamos un poco por la mansión… — Marcus se adelantó cuidadosamente dando un paso entre Bastián y Carmen, protegiéndola. — Fuimos a tomar algo de aire… — ¡No me jod@s, Marcus!, ¡¿desde cuándo a ti te interesa hacer turismo por mi casa o la casa de nadie?! — Murmuró Bastián con la mandíbula apretada. — Desde que tengo una buena compañía… — Replicó Marcus mostrándole a su tío una presuntuosa sonrisa ladeada. Y por un instante, Bastián deseó tomar a ese muchachito entrometido e insolente por el cuello de la camisa, levantarlo y borrarle esa ridícula expresión de un solo golpe. Pero eso era imposible, él no podía hacerlo si no deseaba llamar la atención, hacer un escándalo o levantar sospechas, por lo que Bastián solo pudo apretar los puños a los costados. — La fiesta ya está por terminar, deberías ir a despedirte de todos… — Bastián intentó mostrarse tranquilo, pero terminaba dando más miedo con su evidente tensión. — Claro, como digas, tío… Carmen… — Marcus contestó de mala gana y fue a darle la mano a Carmen, cuando Bastián levantó la voz. — ¡Ella no irá contigo! — Gritó Bastián, estático, acallando varios murmuros alrededor, como si hubiera perdido la paciencia. — La señorita, mi empleada, tiene asuntos pendientes que atender en el trabajo… — Terminó intentando recuperar la compostura. — ¿no es así, Carmen? — Sí, señor… — Contestó Carmen, inclinado el rostro y bajando la mirada, como ya era costumbre. — Bien, como digas, tío… — Gruñó Marcus con un tono golpeado, para darse la media vuelta y volver con el resto de los invitados, dejando a Bastián y a Carmen, en el pasillo, había algunas personas por los alrededores, pero nadie lo suficiente cerca de ellos para escucharlos. — Esta madrugada, ni se te ocurra intentar escapar, ni te escondas, ni te encierres… Te lo advierto, Carmen, no estoy para juegos. — Gruñó Bastián por lo bajo, con la mandíbula apretada y con las venas brotando, para luego seguir su camino como si nada hacia los invitados y su prometida. Carmen se quedó por un instante en ese mismo lugar, observándolo en la distancia, entendiendo una idea que ya había cruzado por su mente y ahora se había transformado en una certeza. No había manera de convencer a Bastián de que ella no seguiría siendo su amante ahora que estaba comprometido, por lo que, mientras ella estuviera en la mansión, no podría escapar de él y ya no tenía tiempo para seguir escondiéndose. Esa noche la fiesta terminó tarde, muchos invitados se quedaron hasta último momento consumiendo todo el licor que pudieron, mientras que las sirvientas, incluyendo a Carmen, trabajaban arduamente para recoger todo el desastre. En un minuto de descuido, Carmen se escabullo hacia una oficina tomando el teléfono de una compañera para hacer una corta llamada, ella le pidió a Marcus esperarla afuera de la mansión, en la madrugada, como él mismo le había sugerido en un principio y de inmediato, Marcus aceptó. Cuando ya quedaban pocas personas, Carmen le comentó a Fernanda que no se sentía nada bien, quizás estaba excesivamente cansada y como su amiga la había visto esforzarse durante toda la noche, se recomendó con el resto de las compañeras, que se acostara antes. Carmen se apresuró, porque ella ya sabía que contaba con poco tiempo, así que lo más rápido que pudo, ella recogió las pocas prendas que tenía, la mayoría de su closet estaba lleno de uniformes de sirvienta. Luego incluyó algunas cosas personales en su pequeño bolso y justo antes de salir, dudó por un momento, así que volvió y escribió una rápida nota, que dejó sobre la cama, para luego escabullirse por los numerosos pasillos de la mansión que ella ya conocía tan bien, para así lograr escapar arropada por la oscuridad de la madrugada. Una hora después, cuando ya todos los invitados se habían marchado y las sirvientas habían terminado de recoger todo, cuando la mansión ya se encontraba en absoluto silencio en el medio de la oscuridad, Bastián llegó a la habitación de Carmen, tal y como él se lo había prometido. Y se sorprendió mucho, cuando encontró que la puerta no tenía puesto cerrojo, ni traba alguna, eso significaba que Carmen ya había cedido, por lo que Bastián se sintió algo más aliviado y se llenó de ánimos. Sin embargo, al entrar a la habitación, la sorpresa fue más grande cuando Bastián vio el lugar completamente vacío y la cama, estaba pulcra, Carmen ni siquiera la había tocado. Bastián se acercó sintiendo como se le congelaba la sangre, algo estaba sucediendo, él lo presentía y seguramente no era nada bueno. Al estar a unos pasos de la cama, Bastián encontró una pequeña nota, escrita con la letra de Carmen, algo garabateada, se notaba que la había hecho con apuro, pero era su letra, de eso Batían estaba seguro. “Bastián, lo siento. Me marchó para nunca volver y lo hago porque sé que esto es lo correcto. A pesar de lo que sucedió en el pasado, llegué a pensar que algún día las cosas entre nosotros funcionarían y que cambiarían, hoy me quedó claro que no será así y que para ti, yo siempre seré tu amante, la mujer que solo utilizas y con quien te sigues desquitando. Hoy decidí que esto no puede seguir así. Es bueno que lo sepas, para que no me busques más, pues yo también voy a intentar rehacer mi vida, así como tú lo estás haciendo, por eso… Querido Amante, me casaré con tu sobrino” Bastián apretó el papel en la mano, haciéndolo una bola inservible, «lo sabía, mald!ción, fui un idiota», fue lo primero que le pasó por la mente.
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