Carmen nunca se creyó capaz de algo así, escapar como una prófuga de las manos de Bastián, sobre todo cuando ella siempre había estado bajo el cuidado de la familia Hidalgo.
Bueno, viéndolo en retrospectiva, en cierta forma ella seguía estando de alguna manera conectada con la familia Hidalgo, pues estaba escapando con el sobrino de Bastián.
— ¿Está todo bien? — Preguntó repentinamente Marcus, notando como Carmen se mantenía pensativa viendo por el cristal del auto.
— Sí, es que… Es que yo no suelo salir mucho de la mansión y… Solo contemplo el paisaje… — Mintió Carmen.
Pues aunque ella sí mantenía la vista en los alrededores, el paisaje es en lo que menos se concentraba, ella no podía dejar de pensar en Bastián y en lo que él pensaría.
¿Qué haría Bastián cuando viera su habitación vacía?, ¿y cuándo leyera la nota que ella le dejó?, ¿estaría muy enojado?, ¿sería capaz de ir a buscarla en plena madrugada?, sí, él sería muy capaz de eso y más.
Y eso era lo que Carmen más temía, lo que Bastián pudiera hacer en medio de su arranque de ira.
Esa madrugada, Marcus y Carmen llegaron juntos al centro de la ciudad, a un imponente edificio nuevo, en el que subieron al pent-house.
El apartamento de Marcus era bastante grande y lujoso, no tenía nada que envidiarle a muchas de las grandes propiedades de la ciudad, aunque a Carmen no le impresionó tanto, pues desde que vivía con los Hidalgo, ella acostumbraba a vivir en gigantescas mansiones.
Un par de empleadas los recibieron, extrañadas por la repentina llegada de una mujer en plena madrugada, pues el señor Marcus no era esa clase de hombre, y más grande fue la sorpresa de las mujeres, cuando el señor Marcus presentó a Carmen como su novia, prometida y futura señora del pent-house.
Sin embargo, al no estar casados todavía y por respeto, por el momento su prometida sería instalada en una habitación aparte de la de Marcus, a la que Carmen fue llevada inmediatamente.
— ¿Te agrada? — Preguntó Marcus desde el umbral de la puerta, observando con curiosidad como Carmen deshacía su pequeña maleta.
— Es hermosa, mucho más grande de lo que estoy acostumbrada y la vista… — Carmen se asomó por uno de los enormes ventanales de la habitación. — Es increíble.
— Me alegra que te guste… — Marcus le sonrió con amabilidad. — Ahora descansa un poco y cuando despiertes iremos de compras…
— ¿Qué? — Carmen lo observó sorprendida.
— Carmen, creo que debes necesitar mucho más de lo que traes en esa pequeña maleta…
— Oh, no, señor… Lo siento, Marcus… — Rectificó Carmen de inmediato, al recordar que no debía tratarlo como señor. — Aquí traigo todo lo necesario, de verdad, estoy bien así, no necesito nada más… — Insistió ella con nerviosismo y evidente vergüenza.
Desde el mismo lugar, recostado al marco de la puerta y con los brazos cruzados, Marcus observó con mucha seriedad las tres mudas de ropa que Carmen había sacado de su pequeña maleta, además de algunos artículos personales, lo más básico.
— Está bien, no pienso obligarte… Pero en algún momento tienes que renovar tu guardarropa, usar maquillaje, joyas y accesorios… Recuerda que eres mi prometida, Carmen, y tienes que lucir como tal. — Comentó Marcus todavía muy serio.
— Claro… Comprendo… — Asintió Carmen observando nuevamente sus cosas y la insignificante ropa que había traído consigo.
— Ahora… Intenta descansar, ¿bien? — Marcus se acercó a ella, sonriendo tenuemente, para darle un pequeño beso en la mejilla. — Que tengas una feliz noche o lo que queda de ella.
— Gra… Gracias.
Carmen bajó la vista, sintiendo como el corazón comenzaba a agitársele, pues nunca, jamás en su vida, ningún otro hombre que no fuera Bastián, la había tocado antes y ahora Marcus la besaba.
Sobre lo que sucedió antes en el balcón de la mansión de Bastián, cuando Marcus la abrazó, fue un inocente momento de consuelo, ella lo vio así.
Y claro, este pudiera ser un pequeño y bobo beso en la mejilla sin significado, pero eso no dejaba de ponerla nerviosa, sobre todo porque ahora las circunstancias entre Marcus y Carmen, habían cambiado.
Primero, ahora estaban solos en el apartamento de Marcus y segundo, ahora Carmen era consciente de que esa no era la única muestra de afecto qué recibiría de Marcus ahora que ella era su prometida.
Marcus salió de la habitación, dejando a Carmen sola y aturdida, sin embargo, ella estaba tan cansada que fue incapaz de seguir pensando en todo lo sucedido, pues en poco tiempo Carmen ya había conciliado el sueño.
Y hubiera sido muy bueno que su cuerpo y su subconsciente, desde ya, reconociera el nuevo lugar en la vida de Carmen y su nueva posición social como la prometida de Marcus, pero no fue así.
Pues aun con todo el cansancio del día anterior, Carmen terminó despertando desde muy temprano como ya era costumbre para ella y como no tenía más nada que hacer, ni podía volver a conciliar el sueño, ella se levantó para hacer lo que sabía hacer mejor: servir.
— ¡Señorita!
— ¡¿Qué hace?!
Se escandalizaron las empleadas domésticas de Marcus cuando al levantarse se encontraron con Carmen en la cocina, preparando el desayuno.
— Está bien, no importa, solo estoy ayudando… — Intentó explicarles Carmen con amabilidad.
— No, no, no, no, ¡¿cómo se le ocurre?!, vaya, vuelva a la cama, nosotras le serviremos el desayuno… — Las domésticas la sacaron de la cocina con pequeños empujoncito.
Y en poco tiempo, Carmen ya estaba aburrida de nuevo, ¿qué podía hacer?, ella por lo menos debía encontrar una forma de agradecerle a Marcus por su hospitalidad, pero Carmen solo tenía una manera para agradecer.
Y cuando las sirvientas terminaron el desayuno y los llevaban en las respectivas bandejas hacia las habitaciones de su señor y su nueva señorita, pegaron otro grito al cielo en el medio del salón, al encontrarse con Carmen limpiando cuidadosamente el lugar.
— ¡Señorita!, ¡¿qué hace?!
— Tranquilas, no me cuesta nada… Es que estoy muy aburrida y solo quiero ayudar…
Esta vez, Marcus sí escucho el escándalo y al asomarse de su habitación para ver lo que sucedía, se encontró con que las empleadas le quitaban a Carmen unos guantes y un pañuelo, mientras que Carmen se resistía, insistiendo en que quería ayudar en algo.
— ¡Oigan, oigan! — Salió Marcus de su habitación, intentando calmar los ánimos, pero él solo logró crear más confusión, cuando todas lo vieron con su perfectamente definido torso, brazos y musculosa espalda desnuda, usando solo un ajustado short.
— ¡Señor! — Carmen se tapó de inmediato el rostro, al tiempo que las otras empleadas aprovecharon de detallar más.
— ¡Que no soy tu señor! — Insistió Marcus, acercándose a una colorada Carmen.
— Oh, sí, lo siento… Marcus, ¿Qué haces?, ¿por qué sales desnudo?