Todas aquellas jovencitas ingresaron con intención solemne de servirme. Tuve que pedirles que me dejaran a solas en la gigantezca alcoba. Acataron mi mandato sumisamente saliendo una tras otra. Al instante oí a alguien llamar a la puerta. —Adelante. Logró sorprenderme mi voz con ese tono melancólico y vacío de alegría. En cuanto lo vi entrar, no supe que sentir. Al comienzo de mi viaje soñaba con el día de volverlo a ver, pero justo en el instante que estaba frente a mí, deseaba que desapareciera. Estaba confundida, enfadada y muy incómoda. —¡Hija, mi amada hija, es una bendición que estés de nuevo con nosotros! —Vociferó lleno de alegría abrazándome efusivamente. —¡Padre, te vuelvo ver! —Lo saludé tratando de disimular lo mal que me sentía. —¡Quiero que te vistas de fiesta! Todo el

