Él mantenía la vista perdida y esa jovialidad y luz que él solía llevar consigo había desparecido. Se veía preocupado y muy pensativo. Tenía en sus manos una redoma, pero estaba sellada. —Hola Esteban. ¿Te sientes bien? Fijó su vista en mí, pero se veía un poco molesto. —Sí, estoy bien. —¿Qué es eso que llevas en las manos? —Pregunté curiosamente. —Ah, esto. Es vino, me lo obsequiaron en el pueblo. Creí que lo animaría verme interesada en su obsequio. —Esteban, ¿por qué no la bebemos? Preparé algunas cosas para ti, quizá podríamos acompañarlo con un poco de vino. Frunció el ceño al verme. —¿Esto? —Sí, lo haremos ambos. Lo negó con la cabeza. —No lo creo, Alexia, no estás acostumbrada a beberlo sin diluirlo con mucha agua, puede embriagarte. —Vamos sólo será probar. Nunca hemos

