Una semana había transcurrido desde que Carolina y Elías empezaron a vivir juntos en Madrid, y la rutina que habían formado era tan sorprendente como fluida. Parecían un matrimonio, de esos que disfrutan de café por la mañana y se comprenden con solo mirarse. El hombre que antes parecía un lobo solitario ahora sonreía más a menudo y robaba besos siempre que tenía la oportunidad. Y ella, la mujer que había pensado que lo había perdido todo, florecía con cada día que pasaba a su lado. En el trabajo, mantenían una relación profesional. Ella era su asistente, su apoyo y su refugio. Sabía interpretar informes, redactarlos con precisión y analizar datos como si toda su vida se hubiese preparado para ese rol. Aunque Elías era autoritario y controlador, apreciaba en silencio la tranquilidad que

