—Descansa —me recargué en el marco de la puerta, intentando mantener la distancia emocional y física. Él esbozó una risita malvada, sus ojos brillaron con esa chispa traviesa que tanto me desarmaba. —Pensé que dormiría contigo. ¿Cuál es el miedo? Somos adultos responsables, yo no muerdo. —Estás loco, no —alegué, aunque mi voz sonó menos firme de lo que quería. Soltó una carcajada, no entendía qué le causaba tanta risa; tal vez fue la expresión de mi rostro. Cuando reaccioné, estaba atrapada entre el marco de la puerta y él, estaba rodeando mi cintura con su brazo y acercándome más. Sentí su aliento caliente en mi rostro, el calor de su cuerpo me envolvió. —¿Por qué tienes miedo? Ya sabemos lo que queremos, podemos controlar nuestros impulsos. El hecho de que quiera darte hasta para l

