El salón de conferencias estaba envuelto en una frialdad calculada, como si las paredes de vidrio y los muebles de diseño minimalista estuvieran ahí para recordarles a todos que los sentimientos no tenían cabida en los negocios.
La ciudad se desplegaba más allá de los ventanales, un mar de luces titilantes en la noche, indiferente al veneno que se destilaba dentro de esa sala.
Victoria estaba sentada a la cabecera de la mesa, con la espalda recta y el rostro impasible, aunque por dentro un fuego abrasador la devoraba. Observaba a los hombres frente a ella—hombres que había conocido desde su infancia, socios de su padre, amigos de la familia—con una frialdad que apenas ocultaba el asco que sentía.
—No es tan grave como parece, Victoria —dijo uno de ellos, un hombre de cabello entrecano y sonrisa ensayada.
—¿No es tan grave? —repitió ella con un tono de incredulidad gélida. Su mirada afilada como una cuchilla recorrió los rostros de los presentes—. Han estado desviando fondos durante años, creando una red de contratos fraudulentos que ahora han llevado a la empresa al borde del colapso.
Uno de los socios, un hombre de rostro afilado y expresión altiva, se inclinó hacia adelante.
—Mira, Victoria, esto es más complicado de lo que crees. Tu padre… él no podía manejar esto solo. Hicimos lo que era necesario.
—Lo que era necesario —Victoria dejó escapar una risa breve, amarga—. Lo que era necesario era lealtad, era honestidad. No robos disfrazados de decisiones estratégicas.
Nadie respondió de inmediato. Solo se miraron entre ellos con esa complicidad silenciosa que le revolvía el estómago.
La traición tenía un sabor metálico en su lengua, un dolor que se alojó en su pecho como un golpe directo.
Su padre, el hombre que había construido esa empresa con años de esfuerzo, había sido engañado por quienes se suponía que eran sus aliados.
Victoria sintió cómo la rabia y la decepción se enredaban dentro de ella, sofocándola. Cerró los puños sobre la mesa, obligándose a mantener la compostura, a no mostrar el temblor en sus dedos ni la g****a en su voz.
—Terminemos con esto —dijo finalmente, su voz firme pero baja, contenida—. No me interesa escuchar más excusas. Si creen que me quedaré de brazos cruzados mientras ustedes destruyen lo que mi padre construyó, es que no me conocen en absoluto.
Se levantó, recogió sus papeles y salió sin mirar atrás.
Un peso demasiado grande era lo que cargaba en su pecho, un dolor que sabía a hiel.
El pasillo parecía alargarse
interminablemente bajo sus tacones. Cada paso era más pesado que el anterior. Cada respiración más difícil de tomar.
El peso de la traición le oprimía los hombros.
El aire fresco de la noche la golpeó cuando atravesó las puertas de la empresa. Se detuvo en la acera, con la mirada perdida en la ciudad, sintiendo el latido acelerado de su corazón en las sienes.
Sus manos temblaban, sus pensamientos eran un torbellino caótico.
No podía volver a casa así. No podía permitir que nadie la viera así.
Sin pensarlo demasiado, giró sobre sus talones y volvió a entrar, caminando con pasos rápidos y decididos hacia su oficina. Necesitaba tiempo para recomponerse. Para trazar un plan. Para encontrar la manera de salvar la empresa de su padre sin la interferencia de esas serpientes con trajes de diseñador.
Pero cuando abrió la puerta de su oficina, no estaba sola. Liam estaba ahí.
Un consuelo inesperado
Él estaba apoyado en su escritorio, con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón de vestir y una expresión de alerta inmediata en el rostro cuando la vio entrar. Su mirada se afiló, recorriéndola con precisión, analizando cada pequeña señal en su postura, en su expresión, en la forma en que cerró la puerta tras de sí con más fuerza de la necesaria.
—¿Qué pasó? —preguntó sin rodeos.
Victoria no respondió de inmediato. Caminó hacia la ventana y se quedó allí, con los brazos cruzados sobre el pecho, fingiendo que miraba la ciudad cuando en realidad intentaba controlarse.
Liam esperó unos segundos, pero cuando se dio cuenta de que ella no hablaría, cruzó la habitación y se detuvo a su lado.
—Victoria…
Su nombre en su voz, dicho con una gravedad inusual, fue la g****a que hizo tambalear la muralla que había construido alrededor de sí misma.
Ella cerró los ojos un segundo, intentando mantener el control. Pero luego sintió el roce de sus dedos en su muñeca.
Fue apenas un contacto, una caricia sutil, pero suficiente para que la tensión de su cuerpo se quebrara.
—Dime qué pasó —insistió él, su tono más bajo, más cercano.
Ella giró el rostro lentamente hacia él.
Y lo vio.
No la arrogancia con la que usualmente la desafiaba. No el juego constante de seducción y poder.
Sino preocupación genuina.
Victoria tragó con dificultad.
—Mi padre… —su voz se quebró apenas, pero se recuperó de inmediato—. La gente en la que confió le dio la espalda. No solo eso. Lo traicionaron. Lo usaron.
Liam la observó en silencio por un momento antes de responder.
—Lo siento.
Dos palabras.
Simples.
Pero con un peso que ella sintió en lo más profundo.
Él no intentó darle soluciones. No minimizó su dolor. Solo reconoció lo que estaba sintiendo.
Victoria sintió una oleada de vulnerabilidad recorrerla. Y eso la asustó.
—No necesito que lo sientas —dijo con firmeza, apartándose un poco—. Necesito encontrar una solución.
Liam no insistió. Solo asintió lentamente.
Pero entonces, cuando ella intentó alejarse más, él levantó una mano y, con un gesto cuidadoso, deslizó los dedos por su brazo hasta alcanzar su mejilla.
El calor de su piel contra la suya fue un golpe inesperado. Victoria contuvo el aliento.
Liam se inclinó ligeramente hacia ella, su mirada atrapándola en un lazo invisible.
—No tienes que hacerlo sola —susurró.
Y entonces, ocurrió.
Fue apenas un roce. Un accidente provocado por la cercanía, por la tensión que había estado hirviendo entre ellos durante demasiado tiempo.
Sus labios se tocaron por un segundo.
Un segundo que pareció eterno.
Un segundo en el que el mundo pareció detenerse.
Victoria sintió la calidez de su boca contra la suya, el leve cosquilleo que recorrió su piel como un relámpago, la fuerza contenida en ese momento suspendido en el aire.
Liam no presionó más. No la atrapó. No la forzó. Solo esperó.
Esperó a que ella decidiera. Y lo hizo.
Victoria se apartó con un movimiento rápido, como si el contacto la hubiera quemado.
—No es correcto —murmuró, su respiración aún alterada—. Los negocios y el placer no se mezclan.
Liam la miró con una mezcla de diversión y algo más profundo.
—Depende de cómo se juegue el juego.
Victoria negó con la cabeza.
—No. No hay juego aquí.
Liam no dijo nada. Solo la observó durante un largo segundo antes de dar un paso atrás.
—Lo que tú digas, Ainsley.
Pero en su mirada… En su mirada, ella vio la certeza de que, aunque lo negara…
Aquello que había nacido entre ellos no iba a desaparecer tan fácilmente.
— ¡Estuvo cerca! – penso Victoria con preocupación, era demasiado pronto para dejarlo atravesar la muralla del deseo, la red aún no estaba completa.
Además, esa noche ella se sentía vulnerable y no era el momento indicado para la seducción, ella sabía que ceder ante un hombre como Líam era atravesar un campo minado.
Ella no se sentía bien aquella noche, solo deseaba quedarse sola y derramar su decepción como torrente de lágrimas.
— ¿Cómo pudieron hacerle eso a mi padre? — ¡Fue una canallada! … ¡Miserables traidores!
Victoria se decia y repetía lo que pensaba una y otra vez en su cabeza. Mientras Líam la miraba.
Su miraba era suave, él se veía sinceramente preocupado por ella, Liam conocía a la perfección lo que significaba la traición y la decepción, podía oler ese aroma gélido y amargo en el aura de Victoria, y le dolía.
Acercándose lentamente, dijo: — ¿Qué te parece si te invito a cenar? No debes haber comido nada …
— No gracias… prefiero revisar algunos documentos y…
— Es solo una cena Victoria… Además, te hará bien salir de esta oficina por esta noche, ya tuviste suficiente de números, excusas y mentiras por este día.
Lo que acaba de decirle Liam resumia en pocas palabras lo que ella había vivido en aquella reunión, sintiendo necesitar otro ambiente que calmara sus agrias emociones, asintió, aceptando la invitación de Liam, lo acompañaría a cenar, donde él quisiera.