Misión «Cena benéfica» II

1054 Palabras
—Oh, Ginebra. Un placer verte por aquí. Sonreí aún más, intentando discimular mi incomodidad por su mirada de aparente desprecio. —Lo mismo digo —de repente él me miraba confundido—. Vine a buscar an Alaska —le aclaré. —¿A buscar? —frunció el ceño aun más—. ¿A dónde van? Dudé por un momento. —Eh, tengo que contarle algo... —alzó una ceja—. Urgentemente. Después de un rato dudando, movió la cabeza dándole la señal a Alaska que podía irse. —Pero la quiero aquí para antes del discurso de apertura. Asentí. —Aquí estará. °~~~~~° La noche había pasado sin inconvenientes, hasta ahora. Bueno, si quitamos la parte en la que saqué a Alaska de las garras sobre-protectoras de su padre, todo ha pasado sin inconvenientes. Después de eso nos habíamos ido con Graciela (que decidió aparecer una vida después, con un vestido rojo vino hasta las rodillas y unos tacones el doble de altos que los míos), a la parte de arriba de la casa. Nos habíamos sentado en la habitación de Alaska a contar chismes y a recordar viejos tiempos. Claro, eso hasta que oímos que el discurso estaba por comenzar. —¿Mi cabello está bien? —me preguntó Graciela a medio bajar. Me detuve un segundo a mirar a Graciela fijamente. —Perfecto. —¿Mi rímel? Esta vez sola la miré de reojo. —Impecable. —¿Mi labial? Bufé. —Fuiste a la segunda planta, no a restregar tu cara contra el piso, estás perfecta. Nos detuvimos en una esquina muy alejada del escenario para que Alaska y Graciela se rieran todo lo que quisieran y nadie las escuchara. —Ya —las detuve—. Le prometí a tu padre que estarías con él para el discurso de apertura, Alaska, y tú, Graciela... No lo sé, solo vete con tus padres. Graciela me lanzó un intento de mirada de enojo antes de irse. Me reí por lo bajo de eso. —¿Y tú que esperas para irte? —le dije a Alaska. Esta entrecerró los ojos. —Después no vuelvas buscando más de mí. Ah, Ginebra. Y gracias por lo de antes. Sonreí. —Siempre a sus servicios, Princesa. Ella sonrió tímidamente y se fue. Recuerdo que el apodo de princesa se los teníamos Graciela, Naldo y yo por la razón de que eso era lo que parecía: Una princesa. Algo grosera de vez en cuando, pero ajá, es lo que hay. Me acerqué a mi madre sigilosamente, que extrañamente estaba murmurándole cosas a Camilla. —Mamá, Camilla... Camilla se separó de mi madre al segundo de haber oído mi voz. —¡Ginebra! Al fin te encuentro. Me halaron hacia ellas dos, creando un círculo confidencial entre las tres. "Pues sería un triángulo, tonta." —Linda, ¿Podrías hacerle un grandísimo favor a Camilla? Miré a mi madre directamente a los ojos. —No iré a buscar a Ayden que se perdió misteriosamente en el jardín —susurré. Camilla se aguantó la risa, mordiéndose el labio. —No es eso... Esperé pacientemente. 3... 2... 1... —... Está en el balcón. —Ya sabía yo —murmuré—. ¿Por qué no va un guardia o un mesero? —Porque tú lo entiendes mejor. —¿Entender? ¡Pero si nos la pasamos discutiendo! —Si, si —Camilla me empujó en dirección al balcón—. Es todo lo mismo. Pero llámalo ya, que tiene una parte en el discurso de apertura. Bufé. Ahora tendría que buscar a un rubio malcriado y arrastrarlo hasta la fiesta. Me aproximé hasta las puertas de cristal, lentamente, y... No, allí no estaba. Me remangué el vestido con cuidado de no borrar ninguna de las runas, mientras me adentraba al balcón y me acercaba a la baranda de cristal para poder ver el paisaje mejor. La brisa fría me erizó los vellos de la nuca. —¿No deberías estar buscándome? —e giré en cuanto oí la voz de Ayden a mis espaldas. Estaba sentado en una silla, con una copa de champagne en la mano que colgaba rozando el piso y los ojos fijos en mí. —Ya, pero me era más tentador ver el atardecer. No respondió, solo se limitó a darle un trago largo a la copa de champagne y seguir mirándome, como si fuera una presa. —Eres menor, no puedes beber —le recordé lo obvio. Ayden hizo una mueca que, según él, era una sonrisa. —No te preocupes, Conejita, es champagne sin alcohol. No hay por qué preocuparse. Lo miré mal. —No me digas así. Se puso de pie y para poder seguir viéndolo a los ojos, tuve que inclinar mi cabeza hacia atrás. Para el tener tan poca edad, Ayden era alto, muy alto. Recuerdo que de niña siempre creí que era mucho mayor que yo, hasta que empezamos a ir al mismo colegio y resulta y viene a ser el caso que íbamos al mismo curso. Vaya suerte la mía. —¿Por qué no? —hizo un puchero—. ¿Te molesta, Ginebra? Mi nombre en su boca sonaba muy bie... Qué te pasa, Ginebra. ¡Aterriza! —Tenemos que irnos —murmuré, apartando la mirada de él—. Se hace tarde. Ayden me haló hacia él. —No me había fijado en lo mucho que creciste desde la última vez que te vi —dijo, más para él que para mí. Separé mis labios, buscando el aire que mis pulmones se negaban a darme. Pasó uno de sus dedos por una de las runas que tenía en el cuello, haciendo la piel de ese área arder. —Ayden... —Bonita runa. Tragué grueso. Ay santísimo padre, ten piedad de mí. Ayden se relamió sus labios, y... Se separó de mí. —Nos vemos adentro. Y con se fue. Así, nada más. Solté un suspiro. —Bien, estoy bien, ya se fue —me pasé las manos por mi cabello, despeinándome un poco—. Oh, a quién engaño. No, no estoy bien. Inhalé y exhalé par de veces hasta que me sentí más tranquila. ¿Por qué me pones tan mal, Ayden? Esa es mi única pregunta.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR