La obra no tan perfecta I

1108 Palabras
Y a la mañana siguiente... Ya era otro día, pero eso no significaba que mi pequeño problema con la obra desaparecería como por arte de magia de la noche a la mañana. ¡No! Así no funcionaba esto. Al menos no en mi mundo. Hoy me había levantado muy temprano en la madrugada para repasar el guión de la obra. Me dejé llevar por el cansancio y el «Solo cinco minutos más» se convirtió en 3 horas, por lo que ahora iba tarde. Nada nuevo. Estaba intentando ponerme la falda escolar con una mano, lo más rápido que podía mientras que con la otra mano intentaba soltarme el moño que ayer lucía espectacular, y hoy parecía el de una bruja recién salida de una hoguera. Podía oír los insistentes gritos de mi madre desde la planta baja, diciéndome (realmente, gritaba histéricamente), que llegaría tarde al ensayo, la presentación y posteriormente, el la obra. A veces mi madre me preocupa. ¿No teme a perder la voz? De mala gana terminé subirme la falda dejando el moño medio hecho colgando sobre mi cuello, para ponerme de cuclillas y abrocharme los zapatos escolares. Salí de mi habitación, cerrando la puerta a mis espaldas y me dispuse a bajar, pero claro, no sin antes echarme un último vistazo en el espejo del pasillo para cerciorarme de como creí, me veía horrenda. "Eso, Ginebra. Con el ego a mil." Terminé de bajar las escaleras a paso rápido, deteniéndome antes de entrar en la cocina por mi mochila, que se encontraba en la mesa de centro en la sala. Atravesé el salón principal y el comedor para llegar a la cocina, echa un total lío. Nada nuevo si eres yo y es de mañana. Me llevé una gran sorpresa cuando, al entrar a la cocina, me topé con un Alaska muy sonriente. Esta no dudó ni un momento en literalmente saltar encima de mi para abrazarme. —Ayer estuviste increíble, Gin. No recordaba que cantaras tan bien —acepté gustosa el largo abrazo que me dio—. Y perdón por no haberme quedado hasta el final, sabes que mi padre... —Gracias, y no importa, entiendo —le respondí sonriendo, tímidamente. Si querías una forma rápida y efectiva de callarme, definitivamente era con halago... O con algo que me incomodara. Si, eso también. —Si, Ginebra, ayer estuviste genial —sólo hice terminar de responderle a Alaska, para que la voz del joven sentado en una de las sillas del comedor llegara hasta mis oídos, causando que me aparte de Alaska para mirarle. Ayden. Se encuentra llevando su uniforme escolar, que no importando que es horrendo, se le ve tremendamente bien. Los pantalones y camisa, a pesar de tener ese color tan desagradable y esa tela sin estética, le quedan muy bien y se ajustan perfectamente su cuerpo. La parte de arriba del traje que debería tener puesto, se encuentra en el espaldar de una de las sillas del comedor, junto a su mochila, lo que le da un aire desinteresado y sensual. Y su cabello... Uff, su cabello. Parece que ni siquiera se lo miró antes de salir de casa, pero no importa, porque se ve igual de bien. Creo que ya empecé a odiarlo. Ayden nota como mi mirada le recorre el cuerpo, por lo que me regala una de esas sonrisas que de casualidad no acaban con tu vida. "O con la tuya", susurra mi traicionero subconsciente. Aparto esa idea de mi cabeza cuando la voz de mi madre me trae devuelta a la realidad. —Gin, linda. Desayuna rápido que se te enfrían los huevos con tocino —dice, mientras recoge los platos, que al parecer ella, Alaska y Ayden usaron, y empieza a caminar hacia la cocina. Justo antes de traspasar completamente la puerta se detiene a mirarme—. Y recuerda que tu desayuno son los huevos, no Ayden. Me muero de vergüenza. Me muero de vergüenza. Me muero de vergüenza. Me muero de vergüenza. Me muero de... "Termina de morirte, ¿Quieres?" Ayden me vuelve a sonreír, pero esta vez esa sonrisa va deslizándose lentamente por sus labios, hasta finalmente soltó una carcajada. Justo ahora quiero ahorcarlo. Si, sí, eso quiero. —Síguete engañado, linda —oí gritar a mi madre desde la cocina. ¿Pensé en voz alta? ¿Lo hice? No, no puede ser... —Si querida, si lo hiciste —volvió a gritar mamá. Con la vergüenza a mil y los ojos taladradores de Ayden, me senté a desayunar tranquilamente. °~~~~~° Después de meterme todo el desayuno en la boca para ver si se compadecían de mí y me ahogaba (y obviamente después de no ahogarme), llegamos a la secundaria tarde (cortesía de Ayden que conduce como abuelo medio ciego) y encima, estaba lloviendo. Genial, simplemente genial. Solo hice dar dos pasos para que otra desgracia caiga sobre mí. Me había desmontado del auto, distraída arreglándome la falda y como si cada rotación de la tierra conspirara en mi contra, me choqué con un ciego hijo de... —Dios, lo siento. No te vi, Preciosa —dijo rápidamente el ciego, como si supiera que en mi mente lo aniquilaba de mil maneras distintas. Levanté la cabeza al escuchar rápidamente la voz de Nial. Oh, mi hermoso y bello Nial... Bueno, ni tanto me gusta. Solo exagero para mas dramatismo. —¿Estas bien, Preciosa? —me preguntó mientras se agachaba a mi altura. "Que es igual al suelo, por si no te habías enterado", oí hablar a mi subconsciente. —Si, si... Yo... —seguro parezco estúpida tartamudeando tanto. Noté, al instante, que mi falda estaba mojada en la parte posterior por haber caído en un inoportuno charco. "¿Inoportuno no será él que te chocó?" Calla, cabeza. Su risa nerviosa interrumpió mis pensamientos. —Hum... Lo siento, enserio —dijo, mientras se pasaba la mano por la nuca. Luego pareció enterarse de que había caído en un charco. Intentó volver a hablar, pero me le adelanté. —No te preocupes, yo tampoco te vi —dije, dándole una sonrisa tranquilizadora. Sus ojos azul cielo no dejaban de dar vueltas por mi cara y por pura intuición sabía que estaba buscando algo mal en mi cara o algún moratón. Después de un par de segundos y no haber encontrado nada mal en mí, suspiró, aliviado. —j***r, por un momento pensé que te había hecho daño —hizo una seña con las manos y después río por segunda vez, nervioso—. Ya sabes, por lo de Ayden... Lo miré estupefacta. —Espera, ¿Qué? ¿Ayden?
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