Borracho de amor I

1195 Palabras
Graciela me miró desde su lugar por unos segundos, y luego gritó: —Me debes una Gin. Ahora eres libre de tirarte... —hipido y risita—...a Ayden. Hasta mañana. Después de decir eso, desapareció por la puerta del área de la piscina. Claro, después de haberme metido hasta abajo en esta. Alaska se volteó hacia mí. —¿Por qué dijo eso? —preguntó extrañada. Mi suerte es que todos aquí tienen suficiente alcohol en las venas como para que se les olvide este pequeño incidente, y salvarme de una gran explicación para mañana en la mañana. —Quién sabe, está borracha, —empujé a Alaska hacia donde había desaparecido Graciela hace apenas unos segundos—. Pero ve a hablar con ella a ver que te cuenta. En cuanto a Harry, este seguía tieso en su lugar. Si no hubiera sabido que estaba vivo y el panorama fuera el de un cementerio, lo hubiera confundido con un muerto. —Harry... ¿Todo correcto? —le preguntó Ayden. Este apartó la mirada de la puerta por donde se había perdido Graciela, y hace poco Alaska y se marchó, con un "al rato hablamos". Y después yo soy la que necesita un psicólogo. "Cual de todos de los que están en esta casa será más raro". Me volteé hacia Ayden, con una sonrisa tensa. Solo quedábamos él y yo. —En fin, —froté las palmas de mis manos contra la tela de mi falda—. Linda noche, ¿no? —Si, es... —la vista de Ayden viajó por toda la casa, hasta que se posó sobre mi—. Hermosa. Dejé de respirar por unos segundos, quedándome abobada por la mirada intensa del chico que tenía en frente. Este sonrió de lado, como si de repente ya no le molestara lo que había pasado hace pocos segundos. —Gin... Ginebra... ¿Te gusta el sabor a cerveza? Negué lentamente, aún anonada por su mirada. —¿Y del whisky? Negué nuevamente, pero esta vez, una conocida sensación de tibieza cubrió mi la parte más sensible de mi cuerpo. —¿Y la de la Ginebra? Esta vez murmuré un «No». Acercó su cara a la mía, hasta que nuestras narices se rozaron. Su respiración, lenta y tranquila, no era suficientemente fuerte como para hacerme cosquillas en la nariz, por lo que mi seriedad aún no me había abandonado. —A mi sí... Tiene un sabor muy particular —sus ojos cada vez eran más oscuros, lo que me indicaba que este jueguito no solo me afectaba a mi—. Pero lamentablemente no he tenido el placer de probar todos los sabores. "Tengo la sensación de que ya no habla de la bebida alcohólica...". Me quedé mirando sus labios fijamente, cuando una sonrisa maliciosa se deslizó por su boca. Algo anda mal... Y supe que era, cuando sentí como un líquido frío bajaba por mi cuerpo, desde la cabeza hasta el abdomen y un poco más. ¿Pero será...? La risa de Ayden sonó por toda la sala, que, al estar prácticamente vacía, hizo eco. Miré mi blusa -antes una cosa divina, ahora un trapo lleno de cerveza- con asco. Odio el sabor, y olor de esa cosa del infierno. —Dios. Madura, Ayden —le gruñí al chico. Este en ningún momento dejó de reír, lo que em dejo bastante claro que no me ayudaría a limpiarme la ropa—. Hijo de la porra... Ayden se limpió un par de lágrimas que se le habían escapado de los ojos, al haberse estado riendo tanto de mi. —Lo siento, es que... Tu cara... Bufé. Engendro de satanás. Empiezo a caminar pJapóns pasillos, buscando un baño vacío para poder limpiarme al menos un poco. Lo único que me encuentro, es la habitación de servicio vacía. Me encojo de hombros, para algo servirá. Me adentro en ella, y muy tarde me di cuenta de que Ayden me venía siguiendo. Intento salir corriendo, pero lo único que logro es chocar contra el pecho de Ayden, y tambalearme. —No entiendo porque odias la cerveza, —me sostiene para que no me caiga—. Sabe normal. —¿Normal? —intento huir, pero no me deja. En cambio, cierra la puerta a sus espaldas—. Sabe horrible. Como a pipí de gato. —¿Pipí de gato? —Ayden parece algo confundido por lo que usé para relacionar el sabor de la cerveza— ¿Eso crees? —asiento repetidas veces. Este se mueve de la puerta, a un mini bar que hay en la habitación—. Entonces, no te importaría besarme si tengo ese sabor en la boca. Aproveché que se estaba tomando una cerveza de lata, para caminar hasta la puerta e intentar huir... Pero estaba trancada. No, no, no, no, noooo. "Ginebra, ¡reacciona!". —No sé porque intentas huir, —terminó la cerveza, y la echó al zafacón—. O, mejor dicho, no sé de quién huyes. Empezó a caminar hacia mi, lentamente. Puse mi espalda contra la puerta. Hola Dios, soy yo de nuevo... "¿Enserio? La semana entera pecando, y ahora vienes a rezar". Intenté correr hacia a la izquierda, ya que a la derecha hay un armario el cual no podía mover por el tamaño y el peso, pero puso su mano a la altura de mi hombro en la puerta. Y la otra, justo al otro lado de mi cuerpo, y a la misma altura. —Ay-den, te-tengo que ir-me. —tartamudee. Él sonrió, y se acercó más. —¿Por qué huyes de mí, Ginebra? Si se supone que no te debería causar nada. Intenté calmar mis respiraciones, pero todo fue en vano. Si no se alejaba ya, posiblemente me internaran mañana por un paro cardíaco. "O igual hoy...". —Listo. Ya lo demostré —dijo poniéndose a una distancia prudente. Suspiré aliviada. —No sé de qué hablas, pero si lo dijiste tú, posiblemente sea mentira —dije pasando por su lado. Llegué hasta la cama y me senté a mirarlo fijamente, de brazos cruzados. Mientras más lejos de él, mejor. Ayden se volvió a mí, confundido. —¡Oh, claro que sí! —rodé los ojos. Este se volvió a acercar a mí de dos zancadas—. ¿O aún necesitas más pruebas, conejita? Tragué con la garganta seca. Mala mía la de sentarme... ¡Y en una cama, encima! Me puse de pie al instante, y al estar tan cerca, su pecho chocó contra el mío. —¿A dónde vas tan rápido? —preguntó burlón. Me empujó suavemente, y caí sentada en la cama. "Huye, huye... ¡HUYE! No seas estúpida". Ayden se bajó a mi altura, apoyando su peso en la cama, por lo que terminaba en el mismo aprieto de antes. —Volviendo al tema de antes —él me tomó por el mentón, obligándome a mirarlo—. ¿Qué fue lo que no probé, Ginebra? Negué con la cabeza. —Na-nada. Se tomó su tiempo para analizar mi rostro. —No sabes lo que me encantas, Ginebra —murmuró.
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