Bien, todo estaba así.
Había hecho una fiesta en casa y no había salido tan bien como lo esperábamos, porque, al parecer, mi casa bella y hermosa, se quemó... Bueno, en su mayoría.
Les voy a narrar las cosas intentando no hacerles el cuento más largo de lo que ya es.
Ayer en la noche, antes de que comenzara todo, Graciela me convenció de que se pudiera fumar en la fiesta. Y aunque no me gusta el olor a cigarrillo, pensé que mientras estuviera lejos de mí, estaría perfecto.
Y acepté.
Por obvias razones tuvimos que apagar la alarma contra incendios.
... Si, lo sé, mala mía.
"Y se justifica en tres... Dos... Uno...".
Peeero... Si lo miramos por otro lado, mi cerebro cargado de reciente información -el beso- y tanta tensión por la desastrosa obra –el beso-, no pudo generar que esto pudiera pasar –el beso-.
Aunque no debió pasar, realmente.
Pero bueno, en lo que seguíamos... Ah sí, mi casa en fuego.
Que lindo suena eso.
Según a los que mi madre les preguntó que pasó, dijeron que intentaron hacer una barbacoa (si señoras y señores, dentro de una casa con casi todas las paredes de madera), y alguno de los adolescentes hormonales, poco pensantes, ineptos y muy, muy alcoholizados, no pudo generar que eso no se podía hacer.
Claro que lo lograron por si se lo preguntan, la alarma contra incendios estaba apagada, por lo que lo aspersores no tiraron agua.
Hasta ahí todo bien. Ya que, misteriosamente, ese no fue el motivo por el cual me desperté con Ayd... Digo, con la casa en fuego.
Rondaban las dos de la mañana cuando a otro chico no muy inteligente y a un poco pensante se les ocurrió hacer de mi fregadero, una fogata para hacer malvaviscos (aunque no había en casa, así que no se a quien se le ocurrió la magnífica idea), y aunque al principio todo parecía estar bien, alguien derramó alcohol en las mesetas y -ni yo sé cómo-, todo cogió fuego.
"Toda la culpa es de Ginebra por socializar con anormales".
Todos gritaban y hacían alboroto, hasta que llegó Graciela y activó los aspersores manualmente.
Otro inteligente dio la idea de irse a dormir y dejar todo así... Pero incluso con mi casa habiéndose quemado en gran parte, todo era demasiado bueno para mí.
"¿Ven? Se los dije. ¿Qué clase de anormal da una idea así cuando se está quemando una casa? Nadie. ¡Nadie!"
Los aspersores no pudieron llegar a un punto especifico de la cocina, que al parecer tenía la mayor cantidad de fuego, por lo que el fuego continuó ardiendo en esa zona hasta ahora, las diez de la mañana.
"Eso pasa si haces fiestas, y encima, eres Ginebra".
Silencio.
En lo que seguíamos...
A los aspersores no tener más agua, se apagaron hasta que se recargaron. Pero eso no paró el fuego, ni la primera, ni la segunda, ni la tercera vez.
Así que ahora mi casa está en llamas y llena de agua.
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Vuelta al momento en el cual mi madre me asesina con la mirada...
Ya habíamos mandado a su casa a todo el mundo. Excepto a Ayden (que se suponía que venía a vigilarme), pero después de una buena reprimenda por parte de mi madre, lo dejó irse.
—Ginebra —mi madre me llamó a la sala. La seguí a paso tortuosamente lento, hasta que llegamos a unos sillones en los cuales nos sentamos.
Al ellos ser de tela y nosotras habernos sentado después del diluvio que ocurrió aquí adentro, nuestra ropa se humedeció por debajo, causando que ambas riéramos por lo bajo.
—Oye, Linda... —empezó mi madre.
—Me vas a castigar, lo sé —le corté, intentando tranquilizarla, ya que para ella era muy difícil castigarme—. Está bien, ma' —balanceé los pies sobre el suelo, fingiendo que estaba en un columpio porque estos no llegaba a tocar el suelo.
Mi mamá negó, frenéticamente, como si se estuviera obligando a decir algo, pero no le salieran las palabras.
—Yo... Ginebra, sabes que te amo, ¿No?
Fruncí el ceño mientras ponía mi vista y toda mi atención en ella. Ella no me miraba, tenía la vista fija en un cuadro de una playa desierta que teníamos en la pared.
—¿De qué hablas? —le pregunté confusa, mientras apretaba los puños por algún motivo desconocido que me hacía sentir extrañamente incómoda—. Si es por lo de...
—No, Gin. Es que cuando tu padre se fue... —empezó, pero luego se detuvo. Tomó aire y empezó de nuevo—. Lo que pasó realmente, es que...
La detuve. —No tenemos que hablar de esto, mami. No si no quieres.
Se volteó totalmente hacia mí.
—Ese el punto, Gin, tengo que... —justo en ese momento, sonó su teléfono.
El número no estaba agendado, por lo que no pude saber quién era.
Ella se excusó, se levantó y fue a hablar a una distancia en la que estaba segura de que yo no pudiera oír, cerca de una de las esquinas más lejana de mí.
Aunque desde aquí podía distinguir que la persona era un hombre, no podía saber que estaban diciendo y por más que me esforcé, no lo logré.
"Chismosa", oí a mi subconsciente murmurar.
No es chismosa, es curiosa.
"Si, claro".
Pero qué se supones que discutimos, si se suponía que yo te controlo.
"Se suponía".
El sonido de los pasos de mi madre acercándose me trajeron de vuelta a la realidad.
—Bueno, Gin, dejaremos esta conversación para más tarde —hice una mueca mientras me mordía el labio con fuerza, pero no la suficiente para hacerme daño—. Ahora bien, iremos a tomar un buen desayuno a un restaurante cercano de aquí, porque como verás... —miró alrededor, mientras se acercaba a la chimenea -o lo que quedaba de ella-, y pasaba la mano por la superficie de esta—...esto no es habitable.
—Perdón —susurré, mientras me levantaba y me colocaba al lado de ella—. No era mi intención quemar la casa. Lo prometo.
Gris sonrió con dulzura, mientras pasaba una las palmas de su mano por mi mejilla, luego suspiró con melancolía.
—Eres idéntica a tu padre.
Arrugué el entrecejo.
No sabía a qué venía ese comportamiento raro de mamá, pero lo que sí sabía, era que cuando lo supiera, no me iba a gustar.
Era una corazonada solamente, pero podría ser cierto.
Gris negó con la cabeza, como si intentara apartar una idea que no le gustara o le causara dolor, para luego voltearse hacia mí y sonreír tensamente.
—¿Y si vamos a comer a donde los Hilfiguer? —hice una mueca y negué mientras hacía cientos de esfuerzos para no huir, como la gallina que era.
—No, gracias. Paso.
—Bueno, ahora no te lo pregunto, te lo ordeno. Sube al auto, allá te digo tu castigo.
—Igual era lo que iba a decir. Quién no quisiera ir a una casa para tener una comida silenciosa y tensa —ironicé mientras la seguía al auto—. Me debes un helado por esa.
Mi madre rió, ya menos tensa.
—Tú y Ayden están en problemas, ¿Sabes? —dijo, en lo que desbloqueaba el auto.
Frené abruptamente.
—¿Como que Ayden y yo? —me ignoró. Me acerqué a ella en un santiamén, buscando respuestas mientras hacía todas y cada una de las muecas que recordaba.
—Si. Tú y él.
—Pero si eso no tiene sentido, mami... —me volvió a ignorar.
Ya había entrado al auto, y mientras ella ya iba al volante, aproveché su distracción y me acerqué para pellizcarle el abdomen. Gris rió.
—Ma'...
Se volteó hasta mi cuando llegamos al primer semáforo en rojo.
—Querida, eres muy molesta cuando te lo propones, ¿Sabías? —suelto una carcajada mientras dejo de pellizcarla, pero no quito mi vista de ella.
—A ver, suéltalo —dije mientras me acomodaba ladeada y de espalda a la ventana del copiloto para poder verla mejor—. Dilo...
—¿Donde estuvieron tú y Ayden toda la noche? —soltó de repente, a lo que instantáneamente dejaba de reír y me sentaba derecha—. Oh, vaya. Ya se cómo conseguir que hagas silencio rápido y te sientes bien —bromeó mientras reía.
Volteé mi cara hacia mi ventana e hice de mis labios una línea fina.
En el auto se hizo silencio.
Ya me sabia este camino de memoria, íbamos a la casa de los Hilfiguer.
Gris dobló en un par de calles más y avanzó en una carretera recta antes de llegar al residencial donde vivían. Todo el trayecto hasta la entrada fue en absoluto silencio, gracias a que temía por mi vida y porque mi voz no saliera.
—Yo... No hicimos nada —comenté avergonzada.
"Que tu recuerdes".
Ese pensamiento llenó mi cabeza de teorías e ideas locas.
—Linda, nunca quise decir eso —se explicó, Gris, mientras -estoy cien por ciento segura- se aguantaba las ganas de reírse a carcajadas—. Solo pregunté para... —vaciló— ...saber.
La miré con el entrecejo fruncido.
—Ya... Okey.
Vi las casas pasar los tres minutos restantes del trayecto hasta la casa de los Hilfiguer. Al llegar, mi madre y yo nos desmontamos del auto, ella lo cerró con llave, y luego, avanzó hasta la puerta de la casa.
—No sé qué haya pasado entre tú y Ayden esa noche, pero van a pagarla muy caro. Y un castigo lo resolverá —nos detuvimos en la puerta.
Contuve un bufido. —No puede ser, es un problema lejos, imagínate cerca...
Mi madre tocó la puerta y sonrió con dulzura mientras soltaba una risa. Yo me quejé a lo bajo, por lo que ella dijo: —Puedes decir lo que quieras Gin, pero créeme, tú y Ayden están destinados.
Abrí la boca exageradamente, mientras empezaba a dar vueltas alrededor de ella, para luego plantarme frente de ella.
Antes de poder decir cualquier cosa, abrió el mayordomo.
Después de haberle dado los buenos días, Gris se adentró a la casa, siguiéndolo para que le mostrara el comedor. Cosa que no era necesaria porque ya conocíamos la casa de pie a cabeza, pero, en fin.
—Eso no es verdad —alcancé a gritar, antes de yo también adentrarme en la casa.
Ella se paró a esperarme en la puerta de comedor. Su sonrisa no vaciló en ningún segundo, en cambio, tomó más fuerza.
—Llámalo deducción de madre.
Solo pude pensar en dos cosas mientras pasaba al comedor. Uno, mi madre no podría estar hablando enserio; y dos, Ayden aún tenía mi teléfono de aquella vez.