Un castigo muy merecido

1565 Palabras
Ya era de mañana. Unos pequeños rayos del sol se colaban por las aberturas de la ventana, impactando de pleno contra mi cara. Me removí, incómoda. La luz me estaba molestando, pero no podía hacer nada, no es como si fuera a ponerme de pie para cerrar las ventanas, no, jamás.. Así que la inteligente solución a mi problema fue esconder la cabeza en una montaña de ropa que se encontraba encima de la cama. No, olvídenlo. No es ropa. El pecho de la persona que estaba a mi lado era el refugio perfecto contra los rayos del sol, además de que olía delicioso. Supondré que es Graciela. "Una Graciela muy plana y musculosa..." Ahogué un gemido de molestia cuando el dolor de cabeza se intensificó de repente. Sentía como si a mi cabeza quisieran traspasarla con un taladro gigante, o que alguien me estuviera dando innumerables martillazos. Nota mental: No volver a beber nunca más en la vida. Graciela se movió más cerca de mí, enterrando su cabeza entre el hueco de entre mi cuello y mi cabeza. Unos cabellos muy cortos me rozaron la barbilla, causándome cosquillas. Toqué a los lados de mi, en busca de mi teléfono para ver qué hora era, pero solo hice chocar con el supuesto cuerpo de Graciela. Supuesto cuerpo, porque no recuerdo que Graciela tuviera six pack. "Cosas que solo te pasan a ti, Ginebra". Inconscientemente (muy consciente, realmente), pasé una de mis manos por su espada, deslizando mis dedos por cada musculo marcado, a manera de abrazo. "Ni siquiera es una manera de abrazar". Seguí bajando por toda su espalda, hasta llegar a una extraña banda elástica que estaba a la altura de la cintura. Muy extraño todo... —Bésame, Blossom —murmuraba Graciela entre sueños—. Bésam... Espera, esta no es Graciela. La oración se quedó a medo talle, cuando me aparté de ese cuerpo en una acción tan brusca, que me hizo rodar por la cama y caerme, dándome un golpe en el brazo. Todo por haberme dado cuenta de dos cosas muy curiosas... ¡MI APELLIDO ES BLOSSOM Y ESE ES AYDEN! Me puse de pie del lado de la cama del que había caído a gritar como si de una película de terror barata se tratase. Ayden se paró de la cama, pero él quedó del otro lado. Quieto. Me miraba, extrañado, como si tuviera un tercer ojo en la cara o me hubiera crecido un cuerno enorme en la cabeza. —¿Estás bien Blo... Digo, Ginebra? —me preguntó Ayden, aún medio adormilado. Intenté parar de gritar y dejar mi histeria a un lado, pero... Claro, porque a mi siempre me pasan cosas raras, por lo cual SIEMPRE hay un pero. ... Sentí una corriente de brisa artificial pasándome por la espalda baja, y a continuación, la vista de Ayden bajó por mi cuerpo, como si recién se percatara de que iba en ropa interior. Oh por Dios... Tiene que ser una broma y una muy mala. —Gine... ¿Ginebra? Empecé a marearme y con la resaca no es una buena combinación, por si aún les quedaban dudas. Y como buena dramática que soy, pues, a tener arcadas. No podía ser cierto... "Oh si, querida, es cierto". Corrí, sin importarme lo que Ayden decía a mis espaldas, e intenté llegar al baño del cuarto de servicio... Que no había, por cierto, así que por obvias razones tuve que salir al baño del pasillo. Al abrir la puerta, el olor a quemado se me dio una dulce bofetada, de manera que me sacó de juego por un momento, e incluso, me quitó las arcadas. "Que gran servicio", pensé con sarcasmo. Sentí la presencia de Ayden detrás de mí. —¿Estas bien Blo... —carraspeó— ...digo, Ginebra? Sacudí la cabeza un par de veces para salir de mi desconcierto. —¿Por qué huele a quemado, Ayden? —pregunté rápidamente para cambiar de tema. Su ceño fruncido se marcó más, se preparó para hablar, pero algo lo detuvo. Reprimió una sonrisa y luego miró hacia abajo. —También el suelo está lleno de agua —dijo sonriente, como si fuera la cosa más graciosa que hubiera visto en la vida. Como si de repente se hubieran despertado todos mis sentidos, sentí la humedad en mis pies y abrí los ojos con horror. Tenía que ser una broma, porque si no lo era, que vayan buscando la caja de muertos. —¡Fuego chicos, fuego! —oí que gritaban. El sonido de pasos apresurados bajando por las escaleras llamó mi atención. No había tantas habitaciones arriba y se oían como mínimo diez personas. No quería saber que habían estado haciendo arriba. "Podría se cualquier cosa, pervertida". Miré alrededor, pero solo había agua, confeti de colores y muebles regados por todo el lugar. —¿Tú crees que... —empezó a hablar, Ayden. Me volteé sin previo aviso, quedando frente a él, que para mí horror –suerte, quizás-, estaba solo en bóxer. Llevé la mirada por todo su abdomen hasta que me topé con su rostro—. Tengo que ir a ver qué pasa. Ayden asintió, dio un par de vueltas por la habitación y cuando volvió, trajo consigo unos pantalones de chándal y una camiseta blanca. —Póntelos, dudo mucho que le vayan a prestar atención a tus palabras... —sus ojos me echaron un vistazo rápido—...así. Con la cara en llamas, me puse los pantalones y la camiseta, mientras Ayden se había vuelto a perder en la habitación. ¿Lo espero? "Seguro que sí, también puedes pedirle matrimonio cuando salga". Con un «No» hubiera bastado. Caminé por los pasillos llenos de agua de la casa, sosteniéndome de las paredes, porque aún tenía la resaca de infierno, más la vista media borrosa. Giré a la derecha, siguiendo el pasillo hasta que divisé la puerta de la cocina. Bien, es hora de ver que tan mal quedó todo. Antes la cocina de la casa Blossom era envidiable. Realmente era porque era el único lugar de la casa que siempre estaba en perfecto orden, todo combinado y siempre con olor a lavanda. Pero ahora...ahora parecía que un dragón muy molesto hubiera pasado por aquí. Ah, y también que escupía fuego, porque toda la cocina estaba en llamas. Bueno, la mayor parte, al menos. —¿Pero qué... —me quedé a medias cuando vi que todas las personas que anteriormente oí bajar las escaleras, estaban intentando apagar el fuego que se extendía por las mesetas de la cocina y por parte de otras habitaciones (la casa tenía paredes de madera), con vasos de agua... Y ni siquiera estaban llenos que era lo mejor. Mientras tanto, del otro lado de la isla y más alejados del grupo, se encontraba Alaska que estaba sentada en el regazo de Chris, que ni siquiera se habían percatado de mi presencia—...pasó aquí? La primera en mirarme fue Graciela, que comía como si nunca hubiera visto comida. Alcé una ceja, pero no dije nada. —¿Qué? —preguntó, mientras se limpiaba la comisura de los labios de la mantequilla de maní que había quedado allí pegada. Negué con la cabeza y me preparé para dar el discurso con menos coherencia de mi vida, pero antes de todo pudiera salir de mi boca, Ayden gruñó. —¿Qué demonios está pasando aquí, Alaska? —Alaska palideció y bajó rápidamente de el regazo de Chris, a lo que él la miró confundido, casi como dolido... Casi. Toda la habitación se quedó en un silencio tenso. —Yo... —Alaska intentó explicar cualquier cosa, pero ella no estaba hecha para mentir, por lo que se quedó en el aire. —Era para que no se mojara —intervino Graciela, mirando ceñuda a Chris que al parecer no quería su vida porque no se estaba defendiendo—. ¿Verdad que sí, Chris? Chris no respondió a la ayuda que le estaba brindando Graciela. Estaba tranquilo, mirando al piso con el entrecejo fruncido. Incluso tenía carita de perrito mojado... —Alaska, ¿Qué está pasando entre ustedes dos? —volvió a insistir Ayden, ya con notoria molestia por su silencio. —Nada —habló Chris—. Y si alguna vez lo hubo, ya no lo hay —murmuró lo último para él. ¿Sonó dolido? Porque para mí sí lo hizo... Con todo el lío y el mal entendido entre Ayden, Alaska y Chris, había olvidado por un segundo todo lo que estaba pasando a mi alrededor... O mejor dicho, lo que se estaba quemando. Solo me vino a la mente ese pequeño problemilla a la cabeza, cuando escuché a mi madre a mis espaldas. —Ginebra, espero que tengas una muy buena excusa para este inconveniente que tenemos aquí. O te va a ir mal... —me volteé lentamente para quedar frente a frente con mi madre—... Muy mal. Mi madre se encontraba en el umbral de la puerta, seria y aunque su cara no tenía ni un avispo de felicidad, sus ojos tenían un pequeño brillo de alegría. Al parecer a mi madre le daba gracia eso de tener una hija irresponsable. Sonreí por inercia. Si me castigaban sería un castigo merecido... Miro a mi alrededor, viendo como todo tiene o está en cenizas. ... Muy merecido.
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