Fiestas y celos

1147 Palabras
Voltee para entrar a la habitación apresuradamente, pero la voz de Graciela me detuvo. —Ginebra, ¿Dónde estabas sentada? —En el suelo —respondo en un grito, sin haberme detenido. —¿Y de casualidad en el suelo había un cuerpo? —pregunta Ella, burlona. Volví sobre mis pasos, saliendo al pasillo. —Pues no que yo recuerde —respondí riendo—. ¿Por? —Porque parece que se te está desangrando el trasero —murmuró Alaska, sonrojada. Recordé que hoy estaba muy sensible y llorando por todo. —Ohh... Ya vengo. Corrí el pequeño pedazo de adelante de mi habitación a mi habitación y cerré la puerta detrás de mí. —Pero qué hija más rara tengo —oí decir a mi madre cuando entré, lo que me hizo reír. °~~~~~° ¿Cuánto habría pasado desde que mi madre se había ido? ¿Una hora? ¿Cinco minutos? No sabía exactamente, pero de algo estaba segura: Esta casa no quedaba entera para mañana en la mañana. Miro el reloj de la pared, cansada: 12:51 a.m. Solo han pasado dos horas, más o menos. Solo había bastado ese poco tiempo para que la sala, living y comedor de mi casa ya no parecieran parte de ella. Antes decorados al estilo contemporáneo (que obvio iba acorde con el diseño de la casa), ahora todo se veía más despejado. Habíamos movido muebles innecesarios y cosas de valor hacía el cuarto de servicio que se encontraba en la primera planta junto al baño de invitados. No parecía realmente mi casa, sino parte de un extraño club nocturno. Teníamos las luces y todo. Aún no podía creerme que mi madre me había dejado organizar una fiesta en casa durante su viaje de negocios a la ciudad vecina. Aunque realmente, no todo fue tan fácil. Luego de casi dos horas de que Graciela le suplicara y de que yo me hiciera cargo y responsable de todo lo que pasara aquí, mi madre por fin cedió. Me encanta el razonamiento de mi madre. Dejarle la casa a cargo a una adolescente hormonal, algo exagerada y que encima que acaba de hacer un desastre de algo tan fácil como una obra, no es lo más sensato. Lo sé, mi madre se merece el cielo... No por la más santa, si no por la más crédula. Y aun habiéndome confiado la casa y yo habiendo comprometido a cuidarla podía ver el nerviosismo en su cara, el mismo que se encuentra en la mía justo ahora al ver como un montón de jóvenes borrachos se mueven al compás de Attention de Charlie Puth. Miro con cara de asco a una pareja que se está besando en un mueble que hay incrustado en la pared junto a la ventana. En ese mismo mueble yo me siento en los días lluviosos a beber té caliente, leer un libro o simplemente mirar las gotas cayendo por el cristal... Y quizás, si estoy muy aburrida y no hay nada en mi cabeza lo suficiente importante como para pensar, juego a las carreras con las gotas. Me sorprendo mirando a cierta persona que se encuentra de espaldas a la pared, con unos jeans negros y camiseta gris ajustada mientras charla alegremente con una castaña bajita de escote pronunciado. No diré que es su gusto, porque el único requisito que Ayden necesita para acostarse con alguien es que sea mujer. "No exageres, celosa, tiene mejor gusto que tu hasta en la ropa". Miro mi top blanco, mi falda negra y mis botas de tacón minuciosamente. No es lo mejor, pero tengo una gran excusa... Se me hizo tarde jugando Candy Crush. Vuelvo mi vista a Ayden. Su pose es de relajación total. Ella tiene sus manos alrededor de su cintura, mientras se ríe de algo, pero él parece muy ajeno a esa conversación, casi ido completamente. Puedo ver como echa la cabeza hacia atrás que toca la pared, como también lo está haciendo su pie. ... Su pie en la pared ensuciando mi preciosa casa. Ah, pero qué indignación. Si, mi cerebro alcoholizado no da para más. Sus ojos recorren la sala, seguramente buscando quien lo mira con tanta fijeza. Aparto la mirada en cuanto lo veo buscar los ojos acusadores por la sala, pero para cuando vuelvo a mirar en su dirección, ya no está y la chica con la que estaba coqueteando se encontraba ahora con otro chico. No pierde el tiempo. Alguien aprovecha de mi distracción y se coloca justo frente de mí, tapándome la vista. Inmediatamente su perfume inunda mis fosas nasales. Qué bien huele. Echo la cabeza hacia arriba para poder verle los ojos a quien obstruye mi vista. Ojos azules grisáceos, rubio, alto y huele a Christian dior, Sauvage. Les doy el beneficio de la duda. Ayden. Su camiseta, que desde lejos parecía gris oscuro, ahora que estoy más cerca veo que es más clara de lo que realmente parece. Al igual que su piel que se ve tan... —Ayden —yo misma interrumpo mi ensoñación con el chico que tengo delante—. ¿No estabas... Ocupado? Una sonrisa se estira por sus labios hasta que se le hacen dos líneas a los lados de su linda y apetecible... cof cof* boca. —Si —alargó la "i", mientras sus ojos se paseaban por mi cara—. Pero quería venir a saludar a la dueña de este manicomio. Linda fiesta, por cierto. Negué. —No, no me merezco el crédito, nada de nada realmente. La decoración la hizo Graciela mientras Alaska fue y compró el... —me callé abruptamente al darme cuenta de la estupidez que estaba cometiendo. Él solo se dedicó a reírse por los próximos segundos. —Compró el alcohol, ¿No? —yo solo aparté la mirada—. No es que me imagine a ese trozo de cielo comprando alcohol, pero, la fiesta está bien... Aunque me encargaré de que tenga un castigo. Suspiré pesadamente. —¿Qué es lo que realmente quieres, Ayden? —mencioné su nombre lentamente—. No es como que si fueras por ahí halagando a la gente y mucho menos a mí —añadí enojada, porque por primera vez desde que lo conocía, no sabía que tramaba esa cabeza suya. Soltó una carcajada que llamó la atención de varias personas alrededor. —Ay, Ginebra, Bonita. Eres tan... —duró un par de segundos buscando la palabra correcta—. Despistada. Lo miré con desconcierto. Si quería decirme algo, que se explicase detalladamente antes de que le rompiera esa nariz tan perfecta que tenía. Ayden sonrió y acercó su rostro peligrosamente al mío y cuando notó que intentaba alejarme de él, me sostuvo de la barbilla con delicadeza, acercándome más a su cara. —Disfruta lo que queda de tu noche, Conejita. Nos vemos al rato.
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