Todo iba de mal en peor. Y cuando digo todo, es todo, así que no me lo pueden pelear.
—Al menos sí pasamos la obra.
Esa era Graciela, intentando darme ánimos después de cometer posiblemente la cosa más estúpida que he hecho y voy a hacer en toda mi vida.
—Seguro, a costo de mi dignidad.
Graciela rió por lo bajo.
Tomé una blusa neón de uno de los montones de ropa que estaban más cerca de mí.
No, definitivamente no usaría eso.
Ahora se preguntarán el porqué de estar las dos sentadas entre montones de ropa, zapatos y maquillaje. Bueno, la respuesta es muy simple.
Alaska y Graciela me obligaron a hablar de lo ocurrido y para ello decidieron que lo hablaríamos mientras nos vestíamos para la fiesta que iban a organizar en honor a los que no dejaron que se vaya al caño toda la obra.
En resumen, Ayden y yo.
Al parecer al público le encantó el desconcierto que se pudo ver en mi cara durante toda la obra y los intentos de Ayden por hacerme decir mis líneas bien.
Que, por cierto, al final no dije ninguna bien.
—Además, ni fue tan malo como crees... —dijo Graciela, sacando una falda negra con lentejuelas del mismo montón de ropa que yo saqué la blusa neón—... Y se veían bonitos juntos —añadió, como si no fuera ya bastante tortura para mí.
Ruedo los ojos ante eso y empiezo a jugar con el borde de un top rosa pastel.
Inconscientemente empiezo a recrear ese escenario en mi mente.
°~~~~~°
Desde alrededor de veinte segundos estoy mirando a Ayden, atónita, mientras juego nerviosamente con el abanico blanco hueso de mano que llevo en... La mano, obviamente.
—Bueno... —Ayden se rasca la nuca, incómodo, mientras mira de rejo al público —. Soy tu prometido, Sir. Ángel III.
Y yo todavía estoy en shock.
¿Nos vamos a casar?
¿Por qué nadie me dijo nada?
¿Por...?
"La obra, inteligente".
—Bueno, —al Ayden ver que mi capacidad cerebral bajo de cinco a tres, siguió—. Señorita McGuire... —veo como intenta recordarme mis líneas por medio de gestos.
... Y me doy cuenta de algo muy interesante. Ayden tiene unas pestañas muy largas y muy espesas. Son simplemente...
"¡Ya basta!"
—Aunque no quiera casarse conmigo, señorita —empezó de nuevo el dialogo, Ayden, intentando que recuerde mis líneas—. Debo decirle que lo tendrá que hacer.
—¿Enserio? —pregunté. Sentí todos los ojos en mi—. Digo, si... —alargué la "i".
Genial. Si no reprobaba esta materia iba a darme cuenta de que el maestro de literatura si es tan tonto como para pasarle el año a todos, como dicen.
Volviendo a la obra, todos los personajes no dejaban de inventar líneas, mientras yo me quedo en medio del escenario, estática.
"Que lindo le queda ese traje".
—¿Y? —pregunta Ayden, esperando mi respuesta, notablemente confundido por mi actitud—. ¿Que dice señorita Lizzyie?
Lo miré extrañada.
—¿Quién es Lizzyie? —luego miro alrededor y suelto muy alto «Ahh...», como para que llegue al cerebro—. Ahh... Yo soy Lizzyie y tú eres mi prometido, Sir. Ángel.
Oigo la risa de Graciela (que hace el papel de mi hermanastra), detrás de mí. Ayden asiente, tragándose las ganas de reírse.
Más tarde tendría una linda platica con él.
—¿Entonces? —dice "mi madre"—. ¿Si o no?
—Si —digo con firmeza.
¿Qué puede salir mal a estas alturas?
Pero al parecer aún todas las cosas pueden salir mal y me doy cuenta de eso cuando los ojos azules grisáceos de Ayden se abren de golpe.
—¿Enserio?
Oigo la expresión de asombro ahogada de todo el público.
Entonces recuerdo esas líneas...
"... Y un beso de verdadero amor selló el matrimonio de dos almas vivaces y dispuestas a querer..."
OH.
POR.
DIOS.
¿¡Pero qué acabo de hacer!?
°~~~~~°
Sacudo la cabeza dos veces para dejar los recuerdos atrás y por fin empezarle a prestar atención a Graciela, pero ella ya no está. Tiro el labio inferior hacia afuera sintiendo, de repente, unas tremendas ganas de llorar.
Seguro que ella al ver que no le estaba prestando atención, se fue, por lo que no debe ir muy lejos.
Tomo rápidamente mis sandalias e ignorando la sensación de tener el short húmedo, salgo corriendo a abrir la puerta, pero justo antes de llegar a abrirla, la halaron del otro lado, causando que caiga encima de le esa otra persona.
Perfume de vainilla.
—¡Graciela! —grito con alivio, mientras la abrazo fuertemente—. Pensé que te habías ido.
Graciela ríe mientras hace un gran esfuerzo para separarse de mí y levantarnos.
—Estás muy sensible últimamente. Te dije que iba a bajar a abrirle la puerta a Alaska.
Como si la invocasen, Alaska aparece con tres cajas de pizza y encima, una botella de refresco gigante.
—No sabía que tuviéramos una hora del abrazo —río, poniéndome de pie, mientras que Graciela va a ayudarla con la soda y una caja—. ¿Cómo estás Gin?
Voy a responder, pero alguien se me adelanta y habla por mí.
—Aún está superando el beso. ¿Y tú Alaska? ¿Todo bien en casa?
—Si, mamá Gris. Todo bien.
Miro como la portadora de esa voz sube las escaleras. Mi madre.
—¿Para qué quieren tanta pizza? —mi madre pregunta, confundida.
—Es que Alaska come como una dragona —explica sin complejidad, Graciela.
Mi madre termina de subir las escaleras y sonriente... Muy sonrientemente, llegó hasta mí.
—Ahora, sobre ese beso...
Hice una mueca.
—No quiero hablar de eso, pero gracias.
Voltee para entrar a la habitación apresuradamente, pero la voz de Graciela me detuvo.
—Ginebra, ¿Dónde estabas sentada?