Volví a repasar las fechas en la pantalla, esperando que hubiera algún error, algún descuido. Pero no lo había. Todo estaba ahí, en orden implacable: los días omitidos, las semanas en blanco, el retraso evidente. Me aferré al borde del lavamanos, sintiendo cómo el corazón me golpeaba el pecho. La mente comenzó a correr, disparada, sin control. La noche con Leonard. Esa noche. Una punzada me atravesó el estómago, pero esta vez no era náusea, era conciencia. Salí tambaleante del cubículo, con el cuerpo aún tembloroso. En el tocador contiguo, una empleada colocaba pañuelos y pequeños frascos de perfume en una bandeja plateada. Me acerqué como pude, con una sonrisa que apenas me sostenía la cara. —Disculpa… ¿Sabes si hay alguna farmacia cerca? Una hora más tarde estaba en casa. La fiest

