Desnudos en el cama empezamos a besarnos. ¡Oh, dulce néctar de sus carnosos labios! Nuestras lenguas se deslizaban en una lucha sin piedad y nuestras manos se dirigían de las rodillas a las respectivas entrepiernas. Sus dedos finos cogieron mi pene y empezó a frotar. Dios Amanda era tan buena en esto. Y mis dedos entraron con su permiso en lo interior de su húmedad y después inicie la tarea de realizar remolinos con mis dedos en su clítoris. Sus gemidos se hacían más fuertes, como sus jadeos. -Sigue, sigue Jhon -repetía con los ojos cerrados. -No pares. Y yo continué con mi labor. Entonces ella me susurraba palabras incomprensibles en mi oído mientras pasaba otra vez su lengua. Mis gemidos también se hicieron notar. Yo besaba su cuello con desesperación. El placer era más

